Mientras Jamaica rompe récords de visitantes y se consolida como uno de los destinos más apetecidos del Caribe, en la isla crece una tensión y es que, sus propios habitantes no pueden visitar las playas que durante generaciones han formado parte de su vida cotidiana.
Lo que para los viajeros extranjeros es un paraíso de arena blanca y aguas turquesa, para muchos jamaiquinos se ha convertido en un espacio cercado, vigilado o que ahora toca pagar. Playas y ríos que antes eran gratis hoy están en manos privadas, una situación que organizaciones sociales lo califican como una pérdida cultural y económica para el país.
Jamaica, la isla del Caribe donde sus habitantes no tienen garantizado el acceso a las playas
Pese a su imagen internacional, Jamaica es uno de los pocos países del Caribe donde la ley no reconoce de forma explícita el derecho público de sus ciudadanos a usar libremente las playas. Esto tiene su origen en la Ley de Control de Playas de 1956, una normativa heredada del periodo colonial británico que establece que el Estado es dueño del litoral y que el acceso puede ser restringido o concedido a terceros.
Pero, esta ley facilita la venta y concesión de tramos completos de costa a promotores privados, muchos de ellos extranjeros. De acuerdo con el Movimiento Ambiental por el Derecho a la Playa de Jamaica (JaBBEM), de los 1.022 kilómetros de costa que rodean la isla, apenas el 0,6 % permanece como playa pública y de libre acceso para los residentes.
“Se están transfiriendo nuestros recursos naturales a entidades extranjeras”, aseguró Devon Taylor, cofundador de JaBBEM. Para él, el problema va más allá del turismo: “Nuestros vínculos culturales con el mar y los espacios naturales están siendo destruidos”.

De espacios comunitarios a playas cercadas
Uno de los casos más conocidos es el de Mammee Bay, en la costa norte. Hace poco más de una década, este lugar que era muy visitado por pescadores y familias locales, que pasaban allí buena parte de sus días. En 2020, el terreno se vendió para un proyecto de turismo y residencial multimillonario. Poco después, se levantó un muro de cemento y la playa quedó cerrada al público.
La decisión ha afectado las comunidades cercanas como Steer Town, cuyos pescadores quedaron sin acceso a las aguas donde habían botado sus embarcaciones durante generaciones. Una situación similar se vivió en el Roaring River, uno de los puntos de baño más populares del país, luego de que el Gobierno vendiera los terrenos circundantes a la empresa China Harbor Engineering Company para la construcción de residencias privadas.
“¿Cómo se puede usar una playa o un río durante cientos de años y, de repente, perder el acceso en cuestión de días?”, dijo Taylor.
En 2024, Jamaica recibió 4,3 millones de visitantes, una cifra histórica. Sin embargo, solo el 40 % de los 4.300 millones de dólares que genera el sector turístico permanece en la economía local, según cifras oficiales.
Turismo de lujo y la batalla legal por el litoral
El crecimiento de los complejos hoteleros no se detiene. Para 2030, se proyecta la construcción de 10.000 nuevas habitaciones en toda la isla, muchas de ellas en zonas costeras. Entre los proyectos más ambiciosos están el Hard Rock Hotel de 1.000 habitaciones y el Moon Palace The Grand, con 1.350 habitaciones, ambos en Montego Bay.

Ante este panorama, las comunidades han decidido acudir a los tribunales. Desde 2021, JaBBEM ha impulsado al menos cinco demandas para proteger el acceso a playas como Mammee Bay, Providence Beach, Bob Marley Beach, Little Dunn’s River y Blue Lagoon, donde desde 2022 se prohibió la operación de pequeños negocios locales de rafting.
“En Montego Bay, quizás queden solo cuatro playas públicas”, advirtió Monique Christie, coordinadora de JaBBEM y una de las demandantes contra Sandals Resorts, que planea privatizar Providence Beach. Christie aseguró que ese lugar ha sido parte de su vida desde la infancia.
Para el abogado Marcus Goffe, representante legal de la organización, las consecuencias podrían ser irreversibles. “Al aislar a los jamaiquinos del mar, se destruyen prácticas tradicionales, medios de subsistencia y comunidades enteras. En una o dos generaciones, ya no existirán”, afirmó.
Durante un reciente recorrido por la isla, se pudo constatar que gran parte de las playas del norte y el oeste estaban cerradas o exigían el pago de una entrada. En Mammee Bay, por ejemplo, fue necesario pagar 1.200 dólares jamaiquinos para acceder a la playa a través de un restaurante vinculado a un hotel.