Antes de que amanezca, y cuando la neblina todavía cubre la cordillera Occidental, los soldados del Batallón de Desminado Humanitario N° 6 del Ejército Nacional ya están en marcha.
Las botas se hunden en el barro, los pasos avanzan con cuidado y el silencio se rompe por la respiración trémula. Aún no han llegado al área peligrosa, pero el riesgo ya comenzó.
Pasos hacia la esperanza
Desde el área administrativa donde pasan la noche, en la vereda Jamarraya, en el municipio de Pueblo Rico, en Risaralda, los uniformados caminan más de dos horas por trochas llenas de barro, pendientes al borde del abismo y caminos improvisados en la montaña, muchos de ellos abiertos a punta de machete.
Es el primer tramo de una jornada que exige resistencia física, concentración y disciplina.
Al final del día, tras ocho horas de trabajo milimétrico, buscando artefactos explosivos ocultos bajo la tierra, el recorrido se repite.
Otras dos horas de regreso, esta vez con el cansancio acumulado y el mismo cuidado para no caer. Son cuatro horas diarias de camino para cumplir una misión que no admite errores.
Su labor comienza mucho antes de tocar la tierra, con los estudios no técnicos, un proceso participativo en el que la comunidad es clave para identificar las zonas con sospecha de contaminación por minas antipersonal.
"En conjunto con la comunidad y las autoridades locales definimos dónde instalar nuestra área administrativa y recopilamos toda la información posible sobre afectaciones por artefactos explosivos", explica el sargento primero Fabio Alberto Parra, encargado del acercamiento con la población.
Pero en Jamarraya, el mayor reto no siempre está bajo tierra.
El sargento segundo Walther Alfredo Pardo describe el recorrido diario como una prueba constante.
"Es un terreno muy montañoso, sin descanso. Se necesita un muy buen estado físico. Caminamos cerca de dos horas hasta la poligonal, trabajamos y luego regresamos con el mismo cuidado para evitar una caída o una lesión", narra el militar.
Caminos desminados
Ese esfuerzo tiene un impacto directo en quienes habitan estas montañas. Un campesino, nacido y criado en la vereda, hoy puede volver a trabajar la tierra que durante años fue sinónimo de miedo.
"El desminado humanitario significa tranquilidad y seguridad. Nosotros andamos mucho estas montañas. Saber que la tierra está libre de minas, nos devuelve la vida", cuenta Jorge Orrego, campesino de la zona.
A la fecha, el Batallón de Desminado Humanitario N.° 6 ha realizado cinco destrucciones controladas de minas antipersonal, garantizando la movilidad segura de los habitantes del sector, bajo estrictos protocolos y lineamientos nacionales e internacionales.
Para los soldados desminadores, cada jornada es un acto de fe, disciplina y vocación.
"Aquí no existen los errores. El primero sería el último, pero cuando destruimos una mina, sabemos que estamos salvando más de una vida", señala el soldado profesional Iván Rene López, especialista encargado de las destrucciones controladas.
Cuando una vereda es certificada como libre de sospecha de minas, se recupera el territorio y los caminos, el trabajo y la confianza.
En Jamarraya, mientras el barro sigue marcando las botas de los soldados, el camino hacia un futuro más seguro ya está siendo despejado, paso a paso.
Actualmente, la Brigada de Ingenieros de Desminado Humanitario del Ejército Nacional, integrada por más de 2.500 hombres y mujeres, mantiene operaciones activas en 78 municipios de 18 departamentos del país.
Su labor silenciosa, pero poderosa, transforma el miedo en esperanza, devuelve la seguridad a miles de familias.