13 Nov 2015 02:35 PM

Un día en Armero, 30 años después de la tragedia

Leopoldo Guevara no pudo contener las lágrimas al verse en un pendón 30 años atrás tratando de salvar vidas. Él fue el primer piloto que vio a Armero destruido.
No cree lo que está frente a él, mientras se toma la cara con sus manos temblorosas y húmedas, Leopoldo Guevara no reacciona tras chocar con lo que parece un espejo que permite viajar por el tiempo. Lo que ve lo lleva treinta años atrás, está con el uniforme de la Defensa Civil, más robusto, sin canas, pero con la misma angustia que hoy lo acompaña. 
 
Escuche la crónica a continuación: 
 
 
Fue inevitable recordar aquel 13 de noviembre de 1985, cuando la furia de la naturaleza no tuvo compasión y arrasó con un pedazo del Tolima. Él fue el primer piloto que vio cómo Armero se desapareció de la noche a la mañana. Ahora está en el mismo lugar frente a un pendón, de esos que venden como suvenires junto al altar de la inolvidable Omaira.
 
Leopoldo ya tiene 76 años de edad, y tras tres décadas de la tragedia en la que el Volcán Nevado del Ruiz demostrara su imponencia y les quitara la vida a más de 20 mil personas.
 
El 13 de octubre de 2015, el anciano que ha visitado el campo santo cerca de 25 veces, salió de Venadillo - Tolima, donde vive, con su uniforme de la Defensa Civil; el mismo que lleva consigo siempre para recordar la labor que realiza, la que aún lo quebranta.
 
 
Esta vez la cita fue diferente, había visto imágenes, tumbas, juguetes, flores, oraciones, pero nunca se había visto a él mismo, cuando se observa en esa fotografía es inevitable que en sus ojos que reflejan el azul del cielo se desborde una laguna de sentimientos. "Siempre que vengo siento angustia, y me doy cuenta de que no somos nada frente a la fuerza de la naturaleza; para salvar vidas tuve que amputar extremidades de muchas personas, otras murieron", cuenta a quienes pasan por el lugar.
 
Tenía 46 años cuando salió de Venadillo en una de las avionetas que pertenecía a la Aerolínea Apla, la empresa que creó tras terminar sus estudios de contaduría pública; se dedicaba a hacer vuelos privados y fumigación en cultivos de arroz en varios municipios de Tolima.
 
Ese día decidió aterrizar en Armero, era un pueblo ideal para descansar de la rutina, se tomó unos tragos, el ambiente era de fiesta. Sobre las 5:30 de la tarde el olfato de socorrista que había adquirido en la Defensa Civil se activó, cuando vio sobre sus hombros y la cabeza de los compañeros la ceniza que caía del cielo. "La advertencia de que el volcán haría erupción está a unas horas de cumplirse", pensó, se devolvió a la casa para alistar todo el equipo y movilizar al personal.
 
En la madrugada del día siguiente tomó la carretera que de Venadillo conduce a Armero, tan solo 20 minutos de camino separan a estos dos municipios, pero no alcanzaron a rodar 10 cuando la vía se desapareció, solo había lodo. Esperó unas horas y lo intentó de nuevo, ahora por aire, esas tierras las había sobrevolado durante 10 años por su trabajo, pero era la primera vez que el mapa no coincidía, donde debería estar Armero no habían cultivos, no habían casas, no había iglesia; pero sabía que ese era el lugar, el cementerio que quedaba en la parte alta del pueblo lo delató, fue lo único que la avalancha no se llevó.
 
En medio del desconcierto buscó un lugar en dónde aterrizar para avisar lo que estaba sucediendo al Gobierno Nacional, encontró que en Telecom funcionaban algunas líneas telefónicas, llamó a la Casa de Nariño en Bogotá pretendiendo comunicarse con el entonces presidente de la República, Belisario Betancur, pero primero le contestó Víctor G Ricardo, secretario general de la Presidencia, quien no creyó la magnitud de la tragedia descrita por el piloto; sin embargo, remitió la llamada al coronel Rafael Perdomo Silva que estaba recopilando información, a quien también le pareció exagerada la descripción; finalmente pudo hablar con Betancur, quien le dijo que no mintiera porque ni siquiera los aviones de la Fuerza Aérea habían podido llegar al lugar por mal tiempo.
 
Tras dos horas de comunicación aún no entiende cómo terminó hablando con el periodista Yamid Amat, quien estaba transmitiendo en Caracol Radio y le pidió al aire que no fuera irresponsable con la información que estaba entregando a todo el mundo, pues era imposible que un pueblo entero se desapareciera del mapa.
 
Mientras en el centro del país confirmaban lo que sucedía, Leopoldo empezó a auxiliar a los niños que gritaban pidiendo ayuda, cuenta 30 años después mientras pasa por uno de los lugares que rinden homenaje a las víctimas de la tragedia, un pequeño cuarto con rejas en el que los turistas dejan muñecas y pequeños juguetes de manera simbólica, como tratando de plasmar la inocencia que ese día quedó entre el barro, quería volver al colegio; todo el país siguió la historia con impotencia durante 72 horas hasta que finalmente la niña murió, Leopoldo dice que el altar de ella fue hecho a unos kilómetros de donde en realidad sucedió todo.
 
 
Continuar con el relato para el hombre resulta difícil, no sólo por la dureza del asunto sino también por el aire pesado que se respira; más de 35 grados centígrados, la humedad del pueblo y algunas afecciones respiratorias lo obligan a parar. Sin embargo, no quiere irse de allí sin visitar el hospital, lo que queda de él; un edificio en el que sólo se ve el último piso, con sus paredes enchapadas en baldosas pequeñas de verde menta en las que aún se dibuja la crueldad de la avalancha, se pueden observar las pinceladas de barro salpicado en 1985, son imágenes que estremecen, se ve tan vivo el recuerdo.
 
A unos kilómetros se encuentra la cúpula de la iglesia, hay quienes culpan al párroco de ese entonces de la cantidad de muertos que dejó la tragedia, pues cuentan que él les decía que confiando en Dios nada pasaría a pesar de las advertencias. Fueron miles los que perdieron sus vidas esa madrugada; "Teníamos que hacer escaleras con cuerpos de humanos que fallecieron pero ellos nos facilitaban llegar a personas que estaban pidiendo ayuda", describe Guevara, quien menciona que además veían a madres que colgaban de los árboles, padres en los techos de las casas que a la vez estaban prácticamente a ras de piso, y muchos niños desaparecidos que finalmente fueron llevados a Bogotá al Instituto Nacional del Bienestar Familiar.
 
Esos momentos nunca se borraron de su mente y en los primeros días lo atormentaron a tal punto que semanas después podía estar en una reunión, almorzando o durmiendo y salía corriendo a llorar porque no lograba superar lo vivido, su matrimonio estuvo a punto de terminar, por cada cosa que sucediera respondía de una manera irracional, se convirtió en una persona agresiva.
 
Cuando Leopoldo Guevara -un héroe para varias familias, que para otras pasa desapercibido- se paró en la cruz que se construyó en donde quedaba el parque principal de Armero, recordó que fue allí, siete meses después de la tragedia, el 6 de julio de 1986, donde el Papa Juan Pablo Segundo durante su visita a Colombia se postró de rodillas para orar por las víctimas que dejó la furia del Volcán Nevado del Ruiz. Se entrevistó en esa oportunidad con el Santo Padre, quien le regaló un escapulario, que guarda con recelo en una concha metálica; según Leopoldo, también le regaló la tranquilidad porque desde esa ocasión pudo volver a dormir tranquilo y se estabilizó su matrimonio.
 
Leopoldo vive en Venadillo, solo, su familia fue víctima de la guerrilla de las Farc, su esposa murió a causa de una enfermedad y su hijo está fuera del país; de la empresa de aeronaves sólo queda el recuerdo. Visitar una vez más Armero y verse en los pendones que reviven la tragedia lo llenó de nostalgia pero sabe qué lo puede ayudar; abre la puerta de una casa grande en la que en su estructura se evidencia el paso de los años, al llegar al cuarto principal cuelga la chaqueta del uniforme de la Defensa Civil y saca de uno de los cajones de la mesa que queda junto a su cama la concha de metal.
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