Una investigación reciente publicada en la revista Science ha documentado un fenómeno tan inusual como inquietante: un conflicto prolongado y letal entre dos facciones de chimpancés que durante décadas convivieron como un solo grupo en África.
El estudio, liderado por el primatólogo John Mitani, profesor emérito de la Universidad de Michigan, revela que una comunidad de aproximadamente 200 chimpancés en Ngogo, dentro del Parque Nacional Kibale, pasó de la cooperación a la violencia en apenas tres años.
Durante cerca de dos décadas, los chimpancés vivieron en lo que los investigadores describen como un equilibrio social sólido. Colaboraban entre sí, defendían su territorio frente a otros grupos y aumentaban sus probabilidades de supervivencia, consolidando una de las comunidades de primates más estudiadas del mundo.
Sin embargo, en 2015 comenzaron a aparecer las primeras fracturas. La muerte por enfermedad de varios machos clave —que actuaban como puentes entre subgrupos— debilitó la cohesión interna. Casi al mismo tiempo, la llegada de un nuevo macho alfa alteró la jerarquía de poder, incrementando la tensión social.
Según Aaron Sandel, profesor de la Universidad de Texas en Austin y coautor del estudio, los cambios en la dominancia suelen ser un detonante de agresión en sociedades de chimpancés. A medida que el conflicto crecía, las facciones comenzaron a separarse territorialmente.
Para 2018, la ruptura era total. Los dos grupos dejaron de interactuar social y reproductivamente, y el antiguo núcleo del territorio se transformó en una frontera vigilada activamente por ambos bandos.
A partir de ese momento, la violencia se intensificó de manera sistemática. El grupo más pequeño inició ataques coordinados contra sus rivales, centrados inicialmente en machos adultos. Con el tiempo, las agresiones se extendieron también a crías, registrándose múltiples muertes cada año.
El balance es contundente: más de 24 chimpancés han muerto como resultado del conflicto, aunque los investigadores advierten que la cifra real podría ser mayor debido a la dificultad de monitorear todos los eventos en un territorio amplio y selvático.
Este caso recuerda los hallazgos históricos de la primatóloga Jane Goodall, quien en la década de 1970 documentó episodios de violencia entre chimpancés en Tanzania. Sin embargo, aquellos estudios fueron cuestionados debido a la influencia humana —como la alimentación artificial— sobre el comportamiento de los animales.
A diferencia de esos antecedentes, el caso de Ngogo se desarrolló sin intervención directa significativa, lo que refuerza la hipótesis de que este tipo de conflictos puede surgir de manera natural.
Aunque las causas exactas de la división siguen sin esclarecerse, los científicos sugieren que el crecimiento del grupo pudo haber generado una percepción de competencia, incluso en un entorno con recursos abundantes.
Paradójicamente, el grupo que inicialmente era más pequeño ha terminado imponiéndose, aumentando su tamaño tras eliminar a numerosos rivales. Los ataques, lejos de cesar, continúan: el año pasado se registraron nuevas incursiones letales tanto contra machos como contra crías.
“Es un conflicto constante”, advirtió Mitani, subrayando que este episodio ofrece una ventana inquietante a las dinámicas de violencia y organización social en nuestros parientes evolutivos más cercanos.