A las 7:20 de la mañana, Cali comenzaba a moverse como cualquier otro día. Miles de trabajadores salían de sus casas rumbo a sus lugares de trabajo. Entre ellos estaban los empleados de las Empresas Municipales de Cali, EMCALI, quienes se preparaban para cumplir con sus labores habituales en el edificio de 17 pisos ubicado en inmediaciones del Centro Administrativo Municipal, CAM.
Catorce minutos después, a las 7:34 de la mañana, todo cambió.
Un movimiento telúrico sacudió la ciudad y convirtió la rutina en desconcierto. Algunos alcanzaron a reaccionar gracias a las alertas antisísmicas de sus teléfonos. Cristian González no recibió ninguna. Simplemente caminaba hacia su lugar de trabajo cuando sintió que la tierra comenzaba a moverse.
Después vinieron los gritos y las carreras. Como muchos, lo primero que hizo fue intentar comunicarse con su familia.
“Cuando sucedió todo no dimensionamos el daño que estaba sufriendo toda la ciudad. Lo primero que hicimos fue cerciorarnos del bienestar de nuestros familiares. Al darnos cuenta de que ya todo estaba bien con ellos, corrimos a pedir permiso para sacar equipos especiales de rescate”, recuerda Cristian, brigadista de EMCALI.
Él hace parte de un grupo de 80 brigadistas de la empresa que, después del terremoto, puso sus conocimientos, herramientas y equipos al servicio de la emergencia. EMCALI autorizó el uso de maquinaria para apoyar voluntariamente las labores de búsqueda y rescate. Cristian y sus compañeros no tardaron en salir.
Entre los escombros
El primer destino fue el antiguo motel Molino Rojo, en la calle 10 con carrera 38. Allí encontraron una escena que todavía permanece en la memoria del brigadista: estructuras destruidas, personas desesperadas y ciudadanos que, sin esperar instrucciones, ya removían escombros con sus propias manos. Pero también encontraron solidaridad.
“Era un aliciente porque lo primero que hizo la gente fue abrirnos vía. La gente decía: ‘llegaron las plumas, llegaron las plumas’. Fue dignificante ver a la gente priorizándonos”, recuerda.
La maquinaria de EMCALI permaneció en el lugar hasta aproximadamente las 2:00 de la tarde. Después, Cristian y sus compañeros recibieron la instrucción de continuar hacia otros puntos donde los equipos pudieran ser útiles.
Fue así como llegaron al sector de El Gran Limonar. Allí, entre las estructuras que habían cedido, Cristian se enfrentó a la escena que, según cuenta, más lo ha perturbado en sus años como brigadista voluntario.
Uno de los ‘topos’, como son conocidos algunos de los rescatistas especializados que participaron en las labores, se acercó a él.
“Me dijo: ‘Hágame un favor, yo necesito remover una viga. Necesito levantarla para poder sacar a una familiar’”, Cristian escuchó la petición y comenzó a preparar la maquinaria.
Todavía no había visto lo que había detrás de aquella viga, cuando finalmente se aproximaron, descubrieron que la persona atrapada era una joven de aproximadamente 17 años. Una viga lo había atravesado y su cuerpo había quedado recostado contra una mesa.
Ya no había tiempo para pensar en lo que significaba aquella escena. Tampoco para detenerse a llorar, había que actuar.
Cristian tomó el equipo hidráulico, conocido popularmente como pluma o gato hidráulico, y comenzó a acercarse lentamente a la estructura. Cada movimiento debía ser calculado.
“Por seguridad no podíamos trabajar sobre carga suspendida. Teníamos que hacer un movimiento muy suave y pausado porque si hacíamos mucha fuerza, la mesa podía colapsar y venirse todo abajo, resultando todo en el sótano”.
Las órdenes debían ser precisas, casi como si se tratara de una coreografía macabra. Cada movimiento estaba calculado. Cada palabra tenía un propósito. Una maniobra equivocada podía provocar un nuevo colapso.
No había espacio para la improvisación y tampoco para el miedo.
Cristian movía la maquinaria mientras los demás observaban, esperando el momento exacto para ingresar y retirar el cuerpo. Pero esta vez no estaban buscando a alguien con vida.
El objetivo de aquella operación ya no era rescatar una vida, sino recuperar un cuerpo y entregárselo a la persona que permanecía esperando por ella.
Era otro brigadista, otro ‘topo’, un hombre que había llegado a ese lugar con la esperanza de encontrar con vida a su familiar y que terminó esperando junto a sus compañeros para recibirla. La escena marcó a Cristian.
En medio de una emergencia en la que cada rescate podía significar una vida salvada, aquella extracción tenía un sabor distinto. Había dolor, silencio y una responsabilidad que iba mucho más allá de mover una estructura.
Cristian no estaba solamente retirando una viga, estaba ayudando a una familia a recuperar a uno de los suyos. Finalmente, la estructura cedió lo suficiente. El cuerpo pudo ser retirado.
No hubo celebración, no hubo gritos de alegría. Solo quedó el silencio de quienes sabían que aquella misión había terminado de la manera que nadie esperaba.
Terminaron las labores de búsqueda
El relato de Cristian ocurrió en medio de una de las jornadas más dolorosas que ha vivido Cali. De acuerdo con el balance entregado por la Alcaldía, el terremoto deja hasta ahora 153 personas fallecidas en la ciudad, 1.657 heridas y 40 desaparecidas. Otras 88 personas han sido rescatadas con vida.
La emergencia también ha alcanzado a los animales: 186 han sido rescatados.
Por su labor durante la emergencia, Cristian González y otros 31 brigadistas de EMCALI fueron reconocidos públicamente en la Plazoleta Jairo Varela. Son 32 de los 80 brigadistas de la entidad que participaron en estas labores y que, en medio de la tragedia, decidieron poner sus capacidades al servicio de la ciudad.
Para Cristian, sin embargo, uno de los recuerdos más difíciles no está asociado a una cifra ni a un reconocimiento.
Está en el momento en que tuvo que entregar un cuerpo a quien había llegado hasta allí para encontrar a su familiar con vida.
A veces, en una emergencia, rescatar no significa salvar, a veces significa hacer posible que una familia pueda despedirse y para Cristian González, aquella fue una de las misiones más difíciles de su vida como brigadista.