El debate sobre el uso de redes sociales en menores de edad volvió a ser centro de discusión durante el programa Rounds FM de La FM, donde dos expertas en educación confrontaron sus posturas sobre los límites, riesgos y posibilidades de la tecnología en la infancia y adolescencia. La discusión giró en torno a una pregunta clave: ¿prohibir o educar?
En el espacio participaron Carolina Pérez Steffens, educadora chilena y autora de libros sobre el impacto de las pantallas, y Mercedes Gil, directora del colegio Montessori British de Murcia, España. Ambas coincidieron en algunos puntos de partida, pero divergieron en la manera de enfrentar el fenómeno digital en las nuevas generaciones.
Prohibición temprana vs. uso educativo
Carolina Pérez abrió el debate con una postura clara: “nuestros niños solamente aprenden con las manos en la masa, jugando, aburriéndose y con otro ser humano”, planteando que el desarrollo infantil depende del contacto directo con el entorno y no de las pantallas.
Desde su perspectiva, aunque el mundo digital ofrece oportunidades, primero deben fortalecerse habilidades como el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la comprensión lectora.
En esa línea, defendió restringir el acceso a redes sociales durante los primeros años de vida. “Prohibirle en las redes sociales por 16 años no es mucho, simplemente los estamos protegiendo”, afirmó, al considerar que se trata de una etapa clave para el desarrollo cerebral.
Mercedes Gil respondió reconociendo parte de ese diagnóstico, pero marcando distancia frente a la idea de prohibición. “Estoy de acuerdo en que puede ser nociva la exposición indiscriminada”, señaló, aunque advirtió sobre el riesgo de mensajes que, en su opinión, exageran los efectos negativos. Para ella, el problema no está en la tecnología en sí, sino en cómo se utiliza.
El modelo de negocio y el riesgo de adicción
Pérez profundizó su argumento al señalar que las redes sociales responden a intereses económicos. “Son un modelo de negocios y están diseñadas para generar adicción”, dijo, insistiendo en que las plataformas buscan captar a los usuarios desde edades tempranas.
En ese contexto, planteó que el acceso precoz no solo es innecesario, sino perjudicial. “Nadie quiere su hijo adicto”, sostuvo, al tiempo que insistió en que no se trata de demonizar la tecnología, sino de postergar su uso hasta que los niños desarrollen otras capacidades.
Gil replicó con una visión distinta. A partir de su experiencia educativa, explicó que cuando los estudiantes tienen espacios de interacción presencial, el uso de dispositivos pierde protagonismo. “Cuando se les ofrece relación presencial, se olvidan totalmente de las redes sociales”, afirmó, sugiriendo que el problema también está en la falta de alternativas fuera del entorno digital.
Soledad, salud mental y vida en comunidad
Uno de los momentos centrales del debate surgió cuando Pérez vinculó el uso de redes sociales con la salud mental. “Nuestros niños creen que están acompañados, pero al final están solos”, señaló, al advertir que esa desconexión va en contra de la naturaleza social del ser humano.
Desde su visión, esa sensación de compañía virtual no reemplaza la interacción real y puede contribuir a problemas emocionales. “Para el Homo sapiens estar solo es la causa número uno de estrés”, agregó, reforzando su llamado a limitar el acceso a plataformas digitales en menores.
Gil no negó esos riesgos, pero insistió en que la solución no pasa por la prohibición. “Prohibir impide educar”, respondió, al considerar que restringir el acceso posterga el problema en lugar de resolverlo. Según explicó, si los jóvenes no aprenden a usar la tecnología desde temprano, enfrentarán las mismas dificultades más adelante, pero sin herramientas.
Educación digital vs. restricción total
En la recta final, Pérez apeló a ejemplos históricos para reforzar su postura. “Hoy día nadie le daría cigarros o alcohol a un niño, pero antes sí lo hacían”, comparó, para advertir que, en su opinión, en el futuro se cuestionará el acceso temprano a smartphones y redes sociales.
Además, sostuvo que la evidencia actual apunta a efectos negativos en el desarrollo cerebral. “La evidencia es contundente y daña el cerebro”, afirmó, insistiendo en la necesidad de educar desde la neurociencia y restringir el uso en etapas tempranas.
Gil cerró el debate cuestionando esa comparación. “Comparar las redes sociales con una droga es injusto”, dijo, al argumentar que, a diferencia de sustancias nocivas, la tecnología sí tiene beneficios. Destacó su potencial como herramienta de comunicación y acceso al conocimiento.
Para la educadora española, el camino es otro: “Para educar en el uso responsable no se puede prohibir”, concluyó, defendiendo un modelo basado en el acompañamiento y la formación, más que en la restricción total.