La primera vez que el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses exhumó un cuerpo que podría ser el del cura Juan Camilo Torres Restrepo, fue en enero de 2016. Diez años después, la entidad aliada de la Fiscalía General de la Nación busca imponer su cronología ante uno de los hallazgos más sensibles para el país.
El análisis descartó que el cuerpo fuese de Torres. Ocho meses después, una segunda fase de intervención en terreno llevó a encontrar una cripta familiar con tres huesos mezclados. En marzo de 2017, el Instituto exhumó el cuerpo de Isabel Restrepo Gaviria, la madre de Camilo, sepultada en Cuba.
Todo el caso permaneció en una especie de parálisis hasta marzo de 20225. El Grupo Interno de Trabajo de Búsqueda, Identificación y Entrega de Personas Desaparecidas (Grube) de la Fiscalía le solicitó a Medicina Legal reactivar el caso. Y en junio de 2024 vino una segunda exhumación y el inicio de la reconstrucción genética.
Sesenta años después de la muerte en combate de Camilo Torres, Medicina Legal dice haber concluido su análisis, en medio de un choque institucional con la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), que por su cuenta le entregó los restos al sacerdote jesuita Javier Giraldo, quien buscaba a Torres desde 2019.
La UBPD le dio al Instituto este año muestras óseas de Isabel Gaviria Cobaleda, la abuela materna de Torres, exhumada del Cementerio Central de Bogotá. Además, “algunos remanentes óseos” —describe el organismo de ciencias forenses— del posible cuerpo del padre Camilo. El análisis continuó.
El Instituto obtuvo un perfil genético a partir de una tibia y una coincidencia con la vértebra del papá del padre. Entre enero y febrero, de acuerdo con el director Ariel Emilio Cortés, el equipo realizó “estudios complementarios” con las muestras genéticas que, en contraste con la UBPD, retrasaron su conclusión.
Pulso entre Medicina Legal y la Unidad de Búsqueda
La UBPD consideró que no necesitaba el resultado específico de la comparación del ADN con el linaje materno, pues contaba con otro tipo de pruebas que, en conjunto, daban cuenta de la identidad de Torres. Como el tamaño del cura, superior al promedio de la época, los trozos de sus prendas de vestir y la revisión de testimonios de varias fuentes.
Ya en marzo de 2025 Medicina Legal había dictado que los resultados de las muestras que la UBPD recopiló en 2024 —del papá, el tío y las abuelas de Torres— no eran concluyentes, debido a las condiciones de las estructuras óseas. La respuesta de la Unidad fue pedirle a Medicina Legal el caso, que entregó en julio.
Solo después de viajar por un laboratorio forense en Estados Unidos, la Unidad volvió a enviarle los restos al Instituto. Tras la ceremonia de entrega digna al padre Giraldo, la Unidad calificó el hallazgo como un hito. Medicina Legal replicó este martes, describiéndolo como “un triunfo de la genética forense sobre el paso del tiempo”.
La certeza de que los restos, que ahora descansan en la Universidad Nacional, son de Camilo Torres Restrepo es de uno sobre 844 millones. Es decir, es 844 millones de veces más probable que los huesos estudiados sean de un hijo de Calixto Torres Umaña, y nieto de Isabel Gaviria Cobaleda, que de cualquier otro individuo al azar.
Junto a la disputa institucional, la riña por la memoria del cura también se trasladó a los estrados judiciales, sesenta años después de su muerte, a través de un mecanismo legal que ni siquiera existía cuando el Ejército lo abatió en Santander. La Universidad Nacional, donde fue capellán y docente, está en el centro de la discrepancia jurídica.
El Juzgado 54 Administrativo de Bogotá admitió una tutela de Ricardo Ruiz Castro, un excontratista de la Alcaldía de Bogotá, y Diego Garzón Rincón, economista de la Nacional. Los demandantes alegan que la universidad y su rector —que hasta la semana pasada fue Andrés Mora en interinidad— vulneraron sus derechos fundamentales.
Tutela pretende frenar osario en la Universidad Nacional
Tania Jaime Martínez, la jueza 54, les dio a las partes del proceso dos días para pronunciarse. El amparo fue contra la Universidad Nacional, el Instituto de Patrimonio Cultural de Bogotá y el Ministerio de las Culturas, y la togada vinculó además a la Unidad de Búsqueda, el Ministerio de Salud y la Secretaría de Salud capitalina.
Ruiz y Garzón aseguran que la institución, la autoridad del patrimonio en Bogotá y la cartera de las artes quebrantaron sus derechos al debido proceso, la participación ciudadana, el patrimonio cultural y la salubridad pública, por la construcción de un osario en la capilla Cristo Maestro, en el campus bogotano de la Nacional.
El propósito del osario es sepultar los restos del sacerdote Camilo Torres, el primer capellán de la Cristo Maestro. Murió en combate en San Vicente de Chucurí, en Santander, el 15 de febrero de 1966. La Unidad de Búsqueda encontró sus restos tras incluirlo en las más de 135 mil personas desaparecidas en el conflicto armado.
Tres semanas después del anuncio público del avance de los análisis forenses sobre un hallazgo en Bucaramanga que podría corresponder al cura, la directora de la Unidad —la médica Luz Janeth Forero— presidió el domingo 15 de febrero un acto reservado de entrega digna de las piezas al sacerdote jesuita Javier Giraldo.
Giraldo, un teólogo y defensor de derechos humanos de 82 años, pidió en 2019 poner en marcha la búsqueda de Torres, y el domingo participó en una eucaristía en su honor, precisamente, en la capilla Cristo Maestro. No es parte del expediente de la tutela de Ruiz y Garzón, pero es el troncal impulsor de inhumar a Torres en la ermita.
La ceremonia religiosa no se vio interrumpida ni siquiera por el ingreso masivo y desautorizado de más de setecientos manifestantes afro y campesinos a la principal sede de la Nacional. Los protestantes se instalaron en la Concha Acústica, a metros de la capilla. La convulsa universidad sigue siendo sede de trifulcas.
Entrega digna, controversia forense y decisión judicial sobre el osario
En la noche del 18 de febrero, el mismo miércoles en que protestantes de la Nacional se tomaron la Calle 26 de Bogotá para oponerse al reintegro de Ismael Peña en la rectoría, el sacerdote Giraldo lideró una ceremonia para consolidar el reposo de Torres en el osario. Desde entonces, el cura guerrillero descansa en paz.
La intención de Ricardo Ruiz y Diego Garzón era frenar la construcción del osario donde yace lo que queda del religioso, como medida provisional y como pretensión de fondo. La jueza Martínez negó la cautela en el auto de cuatro páginas que admitió la tutela: “en el presente asunto no resulta procedente acceder”.
“No se evidencia la posible configuración de un perjuicio irremediable” si la construcción sigue, afirmó la togada, y el fin de la cimentación “debe ser estudiado en el fondo del asunto y decidido en el momento de proferir sentencia”.
El Instituto de Patrimonio, la Unidad de Búsqueda, la Secretaría de Salud, el Ministerio de Cultura y la Universidad Nacional ya respondieron, de acuerdo con un documento de una página que firmó la secretaria Karol Marcela Barbosa Poveda, que La FM conoció en primicia y que le pide a la jueza Martínez emitir un fallo.
Un día antes de la entrega de la Unidad al padre Giraldo, el Instituto de Medicina Legal, que no tenía custodia de los restos pero que colabora activamente con la Unidad en la identificación de cuerpos exhumados, aseguró que no había culminado los cotejos forenses del cura, “por dificultades en el estado de los restos óseos”.
El director Ariel Emilio Cortés informó sin embargo que “una muestra biológica” parecía ser concluyente. La Unidad, que ya contaba con otros análisis técnicos que confirmaban el hallazgo del religioso Torres, decidió en todo caso concluir los deseos del sacerdote Giraldo y de familiares de Torres.
La muerte, el ocultamiento y la discordia por el 'legado' de Camilo Torres
Juan Camilo Torres Restrepo murió a los 37 años, en su primer combate como parte del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la guerrilla más longeva de América, transformada en un cartel narcotraficante. Los militares que le dieron muerte ocultaron su cuerpo, y el ELN lo reclamaba cada vez que iniciaba un proceso de paz.
La investigación sobre sus restos, que la Unidad ha recalcado como neutral e imparcial, llevó a contrastar fuentes, documentos históricos, técnicas geomáticas, antropológicas y forenses, y testimonios, como el del general Álvaro Valencia Tovar, otrora amigo de Torres y luego comandante de la operación que lo mató.
Valencia, coronel en la época de la muerte de Torres, conocía al católico desde la infancia. Luego de enterarse de que su unidad acribilló al padre, ordenó introducir sus restos en un modesto cofre color caoba, y encabezó una ceremonia junto a un capellán para depositar la urna en un nicho alto de un recién nacido panteón militar.
El equipo que dio con el baúl buscó por dos años. Lo que quedó ya está inhumado en la sede principal de la Universidad Nacional, donde Torres, compañero de Gabriel García Márquez, cofundó la facultad de Sociología. Los huesos habían sido untados con formol, lo que progresivamente dañó el material genético.
Torres se convirtió en un ícono para el ELN. Javier Giraldo impidió que el grupo se apropiara de lo tangible de su legado. En Colombia fue pionero de la teología de la liberación, una corriente de pensamiento que difundió la iglesia católica para anclar la religión a la realidad social y la superación de las desigualdades.
Su paradero fue un dilema porque nunca hubo señales claras de sepultura o de entrega a su familia. La guerrilla transformó su imagen en un imaginario que con los años tergiversó para sustentar una interminable lucha armada que le dio paso al narcotráfico, la extorsión, los secuestros y las crisis humanitarias.