Luis Salazar, norte del Meta
Luis Salazar, norte del Meta
Gobernación del Meta
9 Jul 2020 03:47 PM

Luis Salazar, el campesino que le dijo no a la guerra por el futuro del Meta

Su abuelo fue asesinado en la guerra bipartidista y sufrió atropellos de los militares. Sueña con la paz en Colombia.
Miguel Valencia
Miguel Ángel
Valencia González
@MiguelValenciaf

Empecé a desesperarme como a las cinco horas de camino tras salir desde el Batallón de Alta Montaña del Sumapaz. Pero solo entendí que realmente estábamos en peligro cuando el fotógrafo con el que iba, recibió una patada de una mula en la rodilla. A pesar de que es un afro de casi dos metros que siempre sonríe mientras hace chistes, en ese momento, lo escuché quejarse por primera vez.

Más adelante mientras cruzábamos el páramo de Sumapaz, para llegar a Casa Verde en el norte del Meta, entre trochas áridas, piedras enormes y charcos espesos intenté hablar con Luis Salazar para despistar a mi estómago que crujía por el hambre y la sed. Él es un hombre con la mirada inundada de tristeza y una especie de sabiduría contemplativa.

 "Mi padre falleció en nuestra finca en septiembre de 2011 por motivos que nadie entiende. Simplemente apareció muerto. Tuvimos que sacarlo desde aquí en pleno invierno y con la comunidad trasladamos el cadáver en una hamaca con varas. Fueron 25 horas de travesía por estas trochas tan difíciles para llegar a San José, para que desde allí se lo llevarán a Bogotá. Medicina Legal todavía no nos aclara las causas de la muerte", dijo.

Siempre ha sido así desde que nació. Este líder campesino de 46 años que tiene tres hijos con una mujer de la región del Alto Duda, norte del Meta, dice que en sus primeros recuerdos están las trochas, cuando sus padres y abuelos escapaban de la violencia bipartidista. 

Salazar solo entendió realmente que estaba en un país en guerra cuando su abuelo fue asesinado en 1957 cuando fue alcanzado por la violencia entre liberales y conservadores. Un poco después las Farc llegaron a la zona para adueñarse del corredor de la cordillera que cruza el norte del Meta desde donde podían escapar al Tolima, Huila, Meta y Caquetá. 

"Una de las únicas cosas positivas que quedaron de la guerra fue la enorme biblioteca de Jacobo Arenas, principal líder ideológico en la historia de las Farc, nutrida con varios libros de socialismo, lucha de clases y literatura de autores como Gabriel García Márquez y Germán Castro Caicedo, a quienes los guerrilleros leían con devoción", explicó.

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Desterrados en la montaña 

Inaldo Pérez, el fotógrafo, se ha quedado retrasado del grupo. Está descansado en una piedra en la mitad de un corredor natural, su rodilla está inflamada y tiene algo de sangre manchando su jean. Está pálido e inclusive me pide que cargue una de sus cámaras.

Me dice que me adelante, pero lo espero. Maldecimos esa aventura. Tengo miedo porque cruzamos por un río de grandes piedras y no sé nadar. Luego reanudamos por un camino que seguimos por intuición y vemos a los demás parados en el inicio de una subida repleta de árboles con frutos rojos. Hay políticos, militares, policías, campesinos y tal vez algún que otro exguerrillero en el grupo.

Miembros del Ejército nos alertan porque creen que la zona por la que vamos a cruzar está minada. Algunos se miran con desconfianza. Traen un perro que detecta explosivos. Me imagino lo peor. Nos dicen que nos tapemos los oídos porque van a hacer una detonación para limpiar la zona.

Nos tiramos a un pastal a esperar y Salazar continúa su relato: "Una vez unos militares nos acusaron de colaborar con la guerrilla. Estábamos varios amigos agricultores. En ese momento comenzó a llover. Nos apuntaron con los fusiles y nos ordenaron quitarnos la ropa. Lo hicimos. Nos dejaron una hora resistiendo en la lluvia y luego se fueron con la ropa en la mano".

Estallan las bombas y siento un golpe en el corazón y los oídos. Retomamos el paso a lomo de mula y pasamos por un camino cerca de un río. Los animales transitan al borde del abismo. "Si alguien se cae, muere seguro", pienso. El cielo se oscurece y andamos por otras zonas donde la neblina no deja ver nada. A cada paso uno siente que se va a caer directo a la muerte.

La horrible noche

Oscurece. Andamos por puro instinto. Unos alumbran el camino con la linterna del celular. Al mío le queda poca batería, entonces tengo que andar a ciegas, mis píes se hunden o chocan con piedras afiladas, siento que los tengo tronchados. Llevamos 11 horas de camino por esa selva atemorizante.

El fotógrafo anda con un palo que usa como bastón, camina por inercia. Nos cruzan en una canasta por un río de aguas bravas donde, por falta de un puente, cuentan que un campesino se cayó y se ahogó. Luego nos dicen que debemos caminar una hora más para ir a un lugar donde hay comida y agua.

Inaldo se queda tirado al lado de unas piedras sucias y me dice que no puede más. Se va a desmayar. Lo animamos, le decimos que ya casi, pero le mentimos, nadie sabe nada. Discuto con un periodista, lo trato mal porque nuestras maletas, la del fotógrafo y la mía, estaban amarradas en unas mulas que no aparecen. Pierdo la cabeza y hago un escándalo.

Salazar intenta calmarme, asegura que eso no es nada. Se burla de mi angustia. "Mucho más adentro, a casi 25 horas de donde empezamos este camino mi hermana estuvo cerca de morir por una apendicitis. Como aquí no hay hospitales se estaba muriendo de la inflamación mientras la trasladamos".

Hablo con otros campesinos que nos guían. Les pregunto cuánto falta para llegar, pero siempre dicen que ya casi. Lo hacen para evitarnos más estrés. Me hablan de la admiración que sienten por Salazar, porque, "aun teniendo razones de sobra nunca se metió de guerrillero".

“Yo creo que uno de los errores de las Farc fue asumir que el discurso de hace 50 años podía tener una aplicación real en la sociedad colombiana. A pesar de conocer el pensamiento socialista, claramente los tiempos han cambiado y me parece que un movimiento político moderno necesita un discurso más acorde con los problemas actuales”, me explicó este líder campesino.

Al final llegamos sudados y embarrados a una escuela llamada 'Los Tempranos'. Caemos rendidos, nos dan agua de panela y sopa de arroz tras 13 horas de viaje. Inaldo llegó de milagro. Me dice que nunca en todos sus años de fotoperiodista había sufrido tanto por un cubrimiento. Unas horas después recupera el humor y empieza a contarme anécdotas de sus viajes.

Poco después se nos acaba la alegría cuando nos dicen que el regreso será más difícil porque el camino es cuesta arriba. Nos duelen mucho las rodillas, pero más el alma de solo pensarlo.

Este es el río donde se ahogó uno de los campesinos en la vereda del Duda

Fuente
Sistema Integrado Digital