A pesar de la radiación de Chernóbil, varias personas regresaron a vivir a Pripyat

El reactor número 4 de la central nuclear soviética explotó el 26 de abril de 1986 durante una prueba de seguridad. Desde entonces, es una ciudad fantasma.
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Crédito: La FM

Con una edad media de 75 años, en la zona de exclusión de Chernóbil viven todavía un centenar de habitantes, que en su mayoría regresaron tras la catástrofe, a pesar de la radiación y la oposición de las autoridades ucranianas. "En realidad no sé porqué hay gente que quiere vivir en Chernóbil. ¿Cuál es su objetivo? ¿Siguen lo que les dice el corazón? ¿La nostalgia? ¿Quién sabe?", se pregunta Evgueni Markevitch, de 78 años y porte sólido. Pero "yo solo quiero vivir en Chernóbil", sentencia.

Evgueni tenía 8 años cuando su familia se instaló en 1945 en Pripyat (Ucrania), entonces soviética. "Eso nos salvó del hambre, podíamos plantar y cosechar nuestros alimentos", recuerda, justificando de alguna manera su apego por esta tierra. "Nunca quise partir de aquí", afirma.

Cuando el reactor número 4 de la central nuclear soviética explotó el 26 de abril de 1986 durante una prueba de seguridad, Evgueni estaba en el colegio frente a sus alumnos. "Era un sábado y apenas ocurrido el accidente (...) nada sabíamos de lo que había pasado. Sospechábamos de algo porque veíamos autobuses y vehículos militares que iban hacia Pripyat", una ciudad de 48.000 habitantes --incluyendo el personal de la central-- situada a tres kilómetros de Chernóbil. "Nadie nos dijo nada. Era el silencio total", relata.

Evgueni fue finalmente evacuado. Pero enseguida quiere volver. Inventa entonces todo tipo estratagemas para poder entrar en la zona prohibida. Se hace pasar por marino o por un policía encargado de vigilar la entrega de productos petrolíferos.

Logra ser recibido por el director del servicio de vigilancia de radiaciones de la estación y le pide un empleo, que consigue. Desde entonces nunca salió de la zona contaminada. Contra todo lo esperado, jamás tuvo problemas de salud. Aunque admite que planta legumbres en su jardín que luego come. "Hay una parte de riesgo", dice simplemente.

'Como guerrilleros'

Para María Urupa, en cambio, las sonrisas son escasas. Las condiciones de vida rudimentarias en la zona de exclusión de 30 km alrededor de la central comienzan a pesar sobre esta octogenaria, en particular porque tiene problemas para caminar a raíz de un accidente. En total, son 158 "samosely", como se los llama, que viven en esa zona, según un responsable de la central, en pequeñas casas de campo, la mayoría de madera. Viven con lo que consiguen cultivar en sus huertas, más algunas provisiones que les traen los empleados y los visitantes. En caso necesario, van a la vecina localidad de Ivankiv, fuera de la zona de exclusión, para completar sus provisiones en el mercado local.

Estos "samosely" nunca aceptaron el éxodo forzoso. Así, más de un millar de ellos se reinstalaron después de la catástrofe en esta zona altamente contaminada y prohibida a la población. Las autoridades terminaron por aceptar la situación. En el momento de la catástrofe, María propuso a su marido esconderse en el sótano para escapar a la evacuación. Pero fue en vano. "Fue triste. Había lágrimas y lamentos", recuerda. Tras pasar dos meses en un centro para desplazados, decidió volver "con un grupo de seis personas, a través del bosque, como si fuéramos guerrilleros". Pero hoy "es duro vivir sola", admite. Su marido falleció en 2011.

'Risas de niños'

A los 77 años, Valentina Kujarenko lamenta los vericuetos que su familia debe superar para poder visitarla y que además sólo pueden quedarse tres días. Pero igualmente no lamenta nada, en particular el haber vuelto a vivir cerca de Chernóbil. "Dicen que los niveles de radiación son altos. No sé. Tal vez la radiación le hace algo a los nuevos, a los que nunca vivieron aquí. ¿Pero nosotros los viejos, a qué tendríamos que temer?", pregunta con parsimonia. "En cuanto salgo de Chernóbil, aún a Ivankiv, todo es extranjero. No soy nacionalista, pero amo mucho a mi pequeña patria", afirma.

Espera que "un día Chernóbil vuelva a vivir", que "las risas de los niños se vuelvan a oir", aunque haya que "esperar años". En 1999, una pequeña María nació en la zona de exclusión, el primer bebé en venir al mundo desde 1986 en esta ciuad "muerta". Nacida anémica, abandonó Chernóbil con su familia un año después. Hoy debería tener 17 años.

Aleksei Lovionov, vocero de Radioactive Office, habló con LA F.m. de los 30 años de este desastre


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