Bajo la incertidumbre, el miedo y el silencio obligado transcurren los días de un antioqueño que encontró en el Chocó no solo una oportunidad económica, sino también un territorio para reconstruir su vida.
Hace cinco años llegó con la esperanza de sacar adelante a su familia. Hoy, esa misma tierra que le abrió las puertas lo enfrenta a una realidad marcada por el conflicto armado.
Prefiere no decir su nombre. El temor a las represalias es más fuerte que cualquier intención de denuncia.
Las intimidaciones constantes y la presencia de la guerrilla del ELN, que mantiene un nuevo bloqueo armado en la región, lo han obligado a hablar en voz baja, casi como si cada palabra pudiera ponerlo en riesgo.
“Son más de 35 millones de pesos en pérdidas”: comerciante
En medio de ese contexto, su legumbrería —un pequeño negocio levantado entre bultos de papa, canastas de frutas y verduras frescas— se ha convertido en algo más que un sustento.
Es también un escenario donde se cruzan historias de resistencia, de lucha diaria y de una resiliencia que parece no agotarse, pero que sí empieza a resentir el peso de la violencia.
“Ya son más de 35 millones de pesos en pérdidas”, cuenta, mientras observa cómo la mercancía se daña por falta de transporte y ventas.
Es la tercera jornada del bloqueo armado, y cada día que pasa se acumulan las deudas, la incertidumbre y el miedo a no poder sostener el negocio que tanto le ha costado construir.
Pero su historia no es única. Como él, decenas de comerciantes de frutas, verduras y otros productos básicos enfrentan la misma situación.
Son víctimas silenciosas de un conflicto que se recrudece en una región históricamente olvidada, donde la presencia del Estado es débil y la de los grupos armados ilegales, dominante.
El panorama, asegura, es aún más crítico en las zonas rurales. Allí, en los corredores que comunican a Quibdó con Risaralda y con Antioquia, la situación se torna más compleja. “La gente está prácticamente sola”, dice.
Familias enteras viven entre el dolor, la angustia y el temor
En esos territorios apartados, la vida cotidiana se desarrolla entre retenes ilegales, amenazas y restricciones a la movilidad.
La crisis humanitaria golpea con más fuerza en municipios como el Bajo Baudó, donde más de 6.000 personas permanecen confinadas.
Familias enteras viven entre el dolor, la angustia y el temor constante. Allí, el sonido de las armas ha reemplazado la tranquilidad, y las intimidaciones hacen parte del día a día.
Para este viernes, hay una luz tenue de esperanza. Se espera que las gobernaciones de Antioquia y Chocó lleguen al territorio para liderar un consejo de seguridad.
Una reunión que, para muchos comerciantes, representa algo más que una agenda institucional: es la posibilidad de empezar a salir de la crisis.
Mientras tanto, en la legumbrería de este antioqueño, las frutas siguen madurando más rápido de lo que se venden, las verduras se marchitan y el miedo permanece intacto.
Aun así, abre cada día. Porque en medio del conflicto, resistir también es una forma de sobrevivir.