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El robo del siglo: historia del autorretrato desconocido de Picasso robado por mafias internacionales

“La medicina cura el cuerpo; la sabiduría cura la mente; el arte cura el alma”.

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Viernes, Agosto 29, 2025 - 18:31
Curador Marcel Lomaba junto a El Hombre Sentado de Picasso. (2024)
Curador Marcel Lomaba junto a El Hombre Sentado de Picasso. (2024)
Marcel Lombana

El 4 de octubre de 2024, un joven abogado y un avezado especialista en arte, recibieron una noticia que cambiaría sus vidas: la pintura El Hombre Sentado del genio Pablo Ruiz Picasso—¡valorada en 210 millones de euros!—, se encontraba en Bogotá tras haber sido robada en Estados Unidos. A partir de ese momento idearon un plan para recuperarla con el apoyo del FBI. Esta es la historia de un autorretrato que el genio malagueño regaló a uno de sus hijos y terminó en manos de criminales internacionales.  

Los protagonistas

La escuálida figura del hombre se postró sobre la mesa, mientras con sus manos temblorosas sacaba de un tubo negro una tela enrollada y la desplegaba sobre la superficie plana del mueble. Al estirarla completamente, una particular imagen de un sujeto sentado sobre una robusta silla de mimbre se presentó mirándolo fijamente. Sintió nervios, sin embargo, guiado por el sentimiento eléctrico de su corazón, se detuvo en la parte superior izquierda de la pintura. —¿Cómo puede ser esto posible?—pensó—. La obra estaba rubricada. Finalmente, conteniendo la respiración, leyó la bella e imperceptible firma: ¡Picasso!

Marcel Lombana era un tímido estudiante de Bellas Artes, que había aceptado revisar una obra pintada al óleo que prometía ser toda una revelación. Fue durante una cálida tarde de 1994, bajo el enrarecido aire de una bodega atestada de olor a papel viejo y chatarra, ubicada en el populoso barrio Ricaurte -al sur de Bogotá-, que conoció a El Hombre Sentado. Se dejó llevar por la intuición. El lienzo de 80x80 cm había sido transportado por varios días dentro de un cilindro, por lo que necesitó alisarlo con sus manos enguantadas, pero con tal grado de cuidado, evitando hacer contacto lo menos posible con su rugosa superficie. Era una obra sencilla, pintada en la técnica del óleo sobre lienzo con colores primarios. Lombana hizo un esfuerzo por identificar algunos de los patrones característicos de las obras del genio español, pero no estaba seguro. ¿Quizás la forma de las manos? La figura de un hombre viejo, calvo y barbado, aguardaba sentado en una poltrona, en cuyos descansabrazos había pintadas unas especies de “V” invertidas… ¿un código? Dudó.

Contra la luz pálida del sol que se colaba por la pequeña ventana, Lombana inspeccionaba, a través de una lupa y con semblante severísimo, la imagen del hombre sentado impresa en el lino. ¿Esto es auténtico? No tenía información respecto a una obra de estas características de Pedro Pablo Ruiz Picasso. ¿Es una obra inconclusa? Rápidamente desechó la idea porque la pintura estaba firmada, ¡un artista firma la obra cuando está culminada! Pidió tiempo para dar un dictamen. Los fraudes en el arte son muy comunes y no podía equivocarse. Según el Global Center for Innovation, entre el 25% y el 40% de las obras vendidas por todo el mundo son falsas.

Además, Pablo Picasso es de los artistas de la vanguardia preferidos por los delincuentes para falsificar y comercializar en el mundo del arte. Aún así, sin tener los estudios científicos de rigor, un extraño magnetismo entre él y la obra le decía que era auténtica. ¿Pero cómo una pintura de tan encumbrado pintor terminó en Colombia en un taller ordinario? Si bien, los patrones del cubismo no sobresalían claramente en su composición, alcanzó a evidenciar un notorio dualismo, como el yin y el yang, que daba la sensación de un equilibrio perfecto ante el ojo escrutador del curador. Lombana volvió a enrollar el lienzo dentro del cilindro oscuro y se despidió, no sin antes notar que una viscosa película cubría todo su cuerpo, había sudado copiosamente.

La noche del 4 de octubre de 2024, el abogado Luis Fernando Pisciotti recibió una inesperada llamada que le quitaría el sueño por varios días. Al otro lado del auricular estaba su  tío, un próspero industrial residenciado en Miami (EE.UU.), pionero en la importación de aparatos tecnológicos en Colombia, que con voz agitada le confirmaba que una obra de arte de su propiedad, valorada en  210 millones de euros y robada por una red transnacional de criminales, había sido encontrada en Bogotá.

—¡Está oculta en una oficina de la Torre Samsung!—le dijo con voz trémula—.

El bisoño abogado sintió que la tierra se removía bajo sus pies. De contextura delgada, asustadizo y extremadamente nervioso, Luis Fernando parecía un personaje salido de una caricatura. Sin saber cómo proceder, camino agarrado de la mano de la desesperación por la habitación como un león enjaulado. No obstante, producto de su ascendencia italiana, y sin importarle su exigua o inexistente experiencia dentro del lodoso terreno de la abogacía, tragó en seco, afinó su garganta y se lanzó al vacío.

—Tío—carraspeó—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que recuperes la obra de El Hombre Sentado
—¿Yo?
—Vamos, Luis. Ya eres un profesional. Esos ladrones han existido, existen y existirán siempre. 

Es cierto que el comercio ilegal de arte es como una especie de boutique para personas interesadas en pinturas y antigüedades, y los delincuentes se aprovechan de esa hermosa debilidad para satisfacer los caprichos de unos cuantos. Sin embargo, cada día es más común, ver una escultura o una obra robada de un afamado artista dentro de un cargamento ilegal de armas y hasta trata de personas. Tal vez, el momento más caliente del comercio ilegal de bienes culturales se vivió durante la Segunda Guerra Mundial… pero esto no es del todo cierto. Hoy, en pleno siglo XXI, el robo de objetos y obras de arte es tan intenso y floreciente como el de armas y las drogas.

Abogado Luis Fernando Pisciotti (2025)
Luis Fernando Pisciotti

El reto descolocó a Pisciotti. Abrumado cortó la comunicación y se puso de inmediato, en contacto con un curador y restaurador de arte que le recomendó su tío. Su nombre: Marcel Lombana. Acordaron verse a primera hora para planear la “operación rescate”. “No tenemos tiempo”, le había recalcado Lombana. “La pintura, si no intervenimos, la sacarán del país rumbo a Ecuador … y allí caerá en manos de la banda criminal El Tren de Aragua, y si eso sucede, ¡perderemos la obra para siempre!”.

Sin saberlo, en los días siguientes, el abogado y el curador, protagonizarían uno de los casos más espeluznantes de tráfico ilegal de arte de la historia moderna colombiana. La obra en cuestión, era una joya desconocida para cualquier reputado experto en el arte mundial. Consiste en un autorretrato, pintado en óleo sobre lienzo por uno de los mayores artistas del siglo XX, el mismísimo maestro Pablo Picasso.

El rescate

Se pensaría que la existencia de una obra es tranquila —casi aburrida— y su único fin es ser contemplada. El artista, en un momento de frenesí, canaliza su inspiración y la plasma o esculpe en una superficie, con tal grado de dedicación que la escena enternece. Algunas obras duermen el sueño de los justos en una bóveda, otras se exhiben en silenciosas salas de museos para el deleite de los espectadores. Hay las que pasan desapercibidas, y hay las que remueven emociones provocando el extraño Síndrome de Stendhal. No obstante, el idilio que emana por sí misma puede romperse cuando una obra de arte cae en malas manos. 

Muchas han sido robadas, recorriendo el mundo bajo el oscuro manto de la ilegalidad, pasando de mano en mano, escondidas en lugares húmedos que afectan su conservación y allí, en paraderos desconocidos, se convierten en un botín de guerra, en un rehén silencioso, a expensas de ladrones o mafias que buscan venderlas en el mercado negro por millones de dólares, o como fórmula de blanqueamiento de exorbitantes sumas de dinero. No obstante, ¿hasta dónde llega la pulsión desesperada  por poseer una obra? Según la investigadora argentina, Evelyn Sol Márquez, en su libro El lado oscuro del arte. Robo de obras y otros crímenes artísticos, “el tráfico de obras de arte constituye el tercer delito más lucrativo a nivel internacional, después del tráfico de drogas y de armas. En 2019 la suma de las ventas mundiales superó los 57.000 millones de euros”, indicó.

A lo largo de la historia encontramos un gran número de casos asombrosos. En la antigüedad, las expresiones artísticas eran víctimas de los saqueos durante guerras o invasiones. Pero ejemplos hay por montones. En 1493, piratas interceptaron un barco que se dirigía a Italia. Entre el botín robado estaba  el tríptico del Juicio Final, obra maestra del pintor flamenco Hans Memling. Los bucaneros llevaron la obra hasta la ciudad de Gdansk (Pol) para venderla clandestinamente. De ahí, que en la actualidad la obra aún esté en Polonia. En 1911, un trabajador del Museo del Louvre, en París, escondido durante la noche, extrajo La Gioconda, de Da Vinci. Según el ladrón, su intención era devolver la obra maestra a su verdadera patria: Italia. Para desgracia del ladrón, la pintura fue recuperada mientras la intentaba vender a un comerciante de arte en Florencia.

Pero fue durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, que se produjo uno de los periodos más calientes de la historia para el robo y saqueo de bienes culturales. En 2018, se estrenó el documental  Hitler vs Picasso, en donde por medio de testimonios de descendientes de víctimas del Holocausto, historiadores y críticos de arte, se reconstruyó lo que fue la expropiación y el robo masivo de arte en toda Europa por parte del nazismo. Las cifras son escalofriantes: al menos 600.000 obras, entre las que se incluían pinturas de Picasso, Monet, Delacroix, Matisse, entre otros, fueron robadas o compradas coercitivamente por miembros del régimen alemán. De esa ingente cantidad miles jamás se recuperaron.

Cuando conocí al abogado Luis Fernando Pisciotti a mediados del año 2025, no podía mantenerse quieto en una misma posición mientras charlábamos. Una risa espasmódica delataba los nervios que lo atormentaban y le provocaban movimientos involuntarios, como una especie de catatonia severa. Sentí compasión por él, cuando me confesó que llevaba muchas noches sin dormir. Pese a las restricciones legales, aceptó recibirme para hablar de la famosa pintura desconocida de Picasso, no sin antes advertirme que el caso seguía abierto y tenía reserva judicial, lo que significaba que no podía darme nombres concretos de los protagonistas. Me confesó que en Colombia, las denuncias sobre robo de arte son cada día más frecuentes y que como muchos artistas no venden en galerías, sino que conservan las obras dentro de sus casas, son muy frecuentes los robos en sus propias residencias. “Al artista plástico Armando Villegas le robaron durante toda su vida 26 obras, avaluadas en ¡más de 150 millones de pesos!”,  me dijo al tiempo que chasqueaba los dedos, para indicar la noción de dinero. Sin embargo, la misma suerte corrieron maestros como Enrique Grau y David Manzur.  

—¿Por qué decidió darme esta entrevista, si la historia la han mantenido en secreto durante todo este tiempo?—dije, al fin, para distensionar el incómodo momento—.

Luis se encogió de hombros y se removió en el sillón de cuero. Finalmente dijo: 

—Porque la obra está en riesgo de perderse—.

Percibí un deje de tristeza. 

—¿Cuál es la razón para que suceda eso?

—La pintura está en una bóveda de seguridad del Museo Nacional de Bogotá—dijo con una mueca sibilina. Mi cliente está tratando de demostrar a las autoridades que es el auténtico dueño… Sin embargo, hay muchos intereses de por medio. Además, el maestro Lombana y yo casi perdemos la vida tratando de recuperar la obra, porque nos enfrentamos a una mafia muy poderosa. 

Y entonces le pedí más detalles del rescate. 

—Mi tío, quien por razones de seguridad me reservo el nombre, siempre trabajó en sociedad con el curador Marcel Lombana e hicieron negocios toda su vida. Cuando la obra es robada en EE.UU., los delincuentes hacen falsedad de documentos para generarle una tradición y trasladarla a Panamá. Se sabe que iba a ser vendida en Ecuador a una organización criminal, sin embargo los ladrones, que eran intermediarios y ambiciosos, la traen hasta Bogotá y buscan sacar más dinero ofreciéndosela a un comprador de arte colombiano. Sin embargo, para desgracia de los maleantes, la persona a la que se la ofrecieron era amigo de Lombana. Fue así como ideamos un plan.

—Pero una torpeza por parte de los delincuentes, ¿no cree?—interrumpí—. 

—Lo que sucede es que el mundo del arte es muy pequeño—tragó en seco—y tarde o temprano los coleccionistas se conocen entre sí. El amigo del maestro Lombana aceptó la oferta de los traficantes y pactaron un negocio por un millón y medio de dólares. Fue en ese momento que nosotros entramos en acción. El comprador exigió que un profesional en arte hiciera curaduría a la obra, el cual sería el señor Lombana. Acordamos en tres oportunidades reunirnos en una habitación del hotel Tequendama para evaluar la pintura, pero los oferentes incumplieron las tres citas.

Noté cómo a medida que iba transcurriendo la entrevista, el abogado perdía su compostura, levantándose muchas veces de su silla con la excusa de estirar las piernas y volviéndose a sentar con una mueca de desagrado que trataba de disfrazar tras una sonrisa. Llegué a imaginar que volver a reconstruir los hechos le torturaba sin compasión. Finalmente, tras tomar un vaso de agua con gas, mientras emitía sonidos guturales, y limpiándose la boca con el revés de la mano, prosiguió:  

—Mi trabajo como abogado, fue el de alertar a la Interpol, el Gaula y a la Policía Nacional para pedirles apoyo en el rescate, no obstante; la situación no fue sencilla. Para que las autoridades pudieran recuperar la obra, era menester que ésta estuviera en un lugar público, de lo contrario se necesitaría una orden de allanamiento. La manera de actuar de esta banda consistía en llevarnos por varias habitaciones de distintos hoteles para interrogarnos—intimidando con la exhibición de armas—mientras buscaban contradicciones o incongruencias en nuestra oferta. Fue bajo estas circunstancias, que nos dejaron ver la obra y pudimos cerciorarnos de que era la original. 

Recuerdo que una noche, extrañamente, los traficantes se dispersaron por la habitación, tomando posiciones, y no perdieron de vista nuestros rostros tratando de encontrar alguna reacción sospechosa mientras nos exhibían la pintura. Fuimos retenidos contra nuestra voluntad, lo que se conoce como secuestro simple, porque impidieron que abandonáramos el hotel tras hacer el reconocimiento del Picasso. Finalmente, superamos la intimidación y Lombana convenció a los traficantes de que era necesario trasladar la obra a los laboratorios de la Universidad Externado de Colombia, en el centro de Bogotá, para hacer pruebas científicas y constatar su veracidad y así proseguir con la compra. Para evitar el acceso a la fuerza pública con orden judicial —lo cual era muy peligroso— el plan consistió en recuperar El Hombre Sentado sorprendiendo a los maleantes cuando la pintura estuviera en la calle. Para el operativo contábamos con el apoyo encubierto del FBI.  

Ese día, martes 22 de octubre de 2024, alertamos a la policía del barrio Egipto, y con el apoyo del rector de la Universidad Externado, se concretó un plan muy meditado mientras aguardamos la llegada de la obra. En principio trajeron la pintura dentro de un portaplanos, pero sin la carpeta con los documentos que validan su autenticidad, lo que nos obligó a esperar y distraer el proceso. Cuando, por fin llegó una persona con la carpeta y revisamos que eran los papeles originales y la obra auténtica, alertamos a la policía para que los bandidos fueran capturados en flagrancia. Hoy la obra está en custodia de la Fiscalía y reposa en el Museo Nacional. 

Aquella noche, el abogado Pisciotti sufrió un ataque de pánico mientras recordaba los hechos que me suministraba a cuentagotas. Rara vez conocí a una persona que sus recuerdos le generarán tanto dolor físico. Dejándome llevar por la magia de la historia le pedí ver la obra en mi rol de investigador, pero el requerimiento fue negado en varias ocasiones por la Fiscalía.

Luego de ese encuentro, al llegar a mi casa, recibí un mensaje de WhatsApp. Al revisar mi teléfono móvil vi que era del abogado. “Es lo único que puedo ofrecerle ahora”, rezaba el mensaje acompañado de una fotografía de El Hombre Sentado.  

El origen: ¡una obra auténtica!

Durante muchas noches observé la fotografía de El Hombre Sentado que el abogado me había compartido vía WhatsApp. La examiné con tal grado de atención que la imagen quedó fijada en mi cabeza. Confieso que mi primera reacción fue de reticencia. La pintura, a primera vista, no contenía los patrones característicos de Picasso y difería muchísimo del estilo inmortalizado por el malagueño en sus obras maestras, tales como Las damiselas de Avignon (1907) o el Guernica (1937). Hice contacto con varios expertos en Picasso y para sorpresa mía compartieron mi desazón. Si bien Pablo Ruiz Picasso fue uno de los artistas más prolíficos de la historia y su obra es extensa, El Hombre Sentado NO aparece en ninguno de los reconocidos inventarios del pintor. 

Carlos Javier Taranilla de la Varga, especialista español en historia del arte, la desechó de entrada, arguyendo que “el colorido y el rostro” no parecían de Picasso. Sin embargo, dudó en el estilo de las “manos”, “quizá” me respondió vía correo electrónico. Otro que expresó su cautela fue el escritor y estudioso del arte, Javier Sierra, con quien me reuní en Bogotá y me aseguró que no podía demeritar la obra porque Picasso tuvo una ingente producción artística, no obstante esta condición era a la vez un problema. 

Agregó que “la firma en la parte superior izquierda no era suficiente para valorarlo como un Picasso, ya que es una de las firmas más falsificadas de la Historia del Arte”, sentenció. Sierra me animó a buscar refrendo de esta pieza en otra documentación: recibos, cartas, etc… o, por supuesto, conocer si fue sometida a análisis. Por último, me transmitió su curiosidad por el gesto de la mano izquierda del hombre barbudo retratado, “es cierto que da para mucho: los “cuernos” son muy polisémicos en la gestualidad humana y habría que profundizar en ello”.

Pasaron algunos meses hasta que pude contactarme con el curador Marcel Lombana. La negativa era razonable: sufría problemas de salud —tuvo un derrame cerebral por la angustia que le produjo la noticia del robo de la obra— y todo el proceso de rescate de la pintura le hizo víctima de atentados y reiteradas amenazas en su contra. Me confesó que se había vuelto fumador compulsivo, como el mecanismo menos recomendable para atizar sus nervios descontrolados. Nuestro primer acercamiento fue vía telefónica y amablemente respondió las dudas que más me atormentaban. 

—¿Es un auténtico Picasso?
(Risas)
—¡Pero por supuesto!—respondió en tono categórico—Es una de las obras más sencillas pero más profundas que haya hecho. Obras similares a ésta hay en museos como el de Montreal, Canadá, y Boston (EE.UU.) Y a que no adivinas quién es el hombre sentado en la silla de mimbre de la pintura.

—¿Quién es?, respondí. 

—¡Pues el mismísimo Picasso!—más risas—El hombre barbudo tiene características físicas similares al maestro Picasso. Lo que sucede es que este cuadro corresponde a un Picasso maduro y menos obsesivo con la perfección y que se aleja de los patrones cubistas de sus obras más importantes. 

—¿Qué se sabe de la historia de El Hombre Sentado?

—Picasso terminó esta obra el 2 de marzo de 1966 y se la regaló a su tercer hijo, Claude Ruiz-Picasso. El obsequio fue un simple gesto de cariño del artista hacia su hijo. Es una pintura al óleo sobre lienzo, donde descansa el genio malagueño sobre una silla de mimbre. Sus dimensiones son de 80x80 cm. Pero la historia del cuadro se empieza a enturbiar con el mismo Claude. 
(Carraspeó)

—¿Cómo es eso?—insistí.

—Claude Ruiz-Picasso (1947-2023) fue quien gestionó los derechos ligados a Picasso y su obra por muchos años. Como es lógico, el señor Claude era una autoridad en el mundo del arte, y como administrador de Succession Picasso —entidad que ostenta el monopolio de los derechos de autor y de reproducción de las obras del maestro— emitía certificados de autenticación. Sin embargo, al parecer, estaba involucrado en actividades non sanctas y hace una negociación en los años 90´con el banquero y embajador de Venezuela en España, Henrique Pérez Dupuy. Claude terminó entregando la obra de El Hombre Sentado a Pérez Dupuy por un dinero que le adeudaba, y el cuadro llegó a Venezuela. Para aquella época, mi socio, un industrial colombiano residenciado en Estados Unidos, del cual me reservo la identidad, compró la obra al embajador por el equivalente de unos 600 millones de pesos. Mi socio me llama y me pone al tanto y me pide que le haga curaduría, es así como conozco la obra en Bogotá. 

—Entonces usted logra establecer la autenticidad de la pintura…

—¡Naturalmente!, pero esa historia es muy larga, ¿por qué no nos reunimos?

Los robos y el tráfico de arte es más común de lo que imaginamos. Tristemente, y aunque parezca absurdo, el principal óbice para combatir este flagelo tiene sus raíces en la ignorancia. Los ciudadanos, en su mayoría, son apáticos hacia la historia y desconocen el valor —¡no monetario!— de los bienes culturales.

“Existen ocasiones en que ni siquiera el robo se efectúa por el valor de la obra en sí, sino por el del material en que está construida”, nos recuerda la curadora argentina, Evelyn Sol Márquez. Es así, que a diario cientos de piezas son robadas en todo el mundo y las cifras son tan abultadas que este fenómeno parece ser inherente a la creación artística. Se estima que sólo en el 10% de los casos, los bienes son recuperados, una situación desoladora. Vivimos inmersos en un fenómeno de la “memoria robada”.

Pero, ¿qué se está haciendo? Aunque los esfuerzos son pocos, sí se está haciendo algo. La mayor organización de policía internacional, conocida como la INTERPOL, ha construido lo que es la principal herramienta para abordar el tráfico de bienes culturales. Se trata de una base de datos a nivel internacional con información policial certificada que tiene más de 57.000 piezas catalogadas y que cuenta con una “alerta” de alcance mundial para que las autoridades de cualquier país tengan los medios para recuperar los artículos y darles el tratamiento profesional que requieren. Esta base de datos, es manejada por un potente software al que tienen acceso los cuerpos policiales de cualquier país, permitiendo cotejar información en segundos y el cual es actualizado a diario por reportes que emiten los gobiernos acerca de objetos robados y desaparecidos en sus países. Desde 1970, cuando en la Convención de la UNESCO se recomendó la instauración de cuerpos de policías especializados que velaran específicamente por el cuidado del patrimonio, los gobiernos —no todos, por supuesto— han hecho la tarea. Hoy en día, estos organismo policiales funcionan muy bien en Europa y Estados Unidos, pero en Colombia, y América Latina en general, falta mucho por hacer. Precisamente, el caso de El Hombre Sentado de Picasso, es un ejemplo claro del desconocimiento que existe del tema por parte de las autoridades colombianas.  

El viernes 4 de abril de 2025, conocí personalmente al curador Marcel Lombana. Nos reunimos en una oficina ubicada en uno de los cuatro edificios adyacentes que conforman el pomposo World Trade Center, centro financiero al norte de Bogotá. El hombre en cuestión debía de rondar los cincuenta. Era moreno, entrado en canas y con espíritu jovial. Me llamó la atención dos zarcillos que pendían de su oreja derecha y el uso de colores vivos en sus ropas, lo cual le daban una apariencia similar a un personaje escapado de los cuadros de Goya. Tras unos grandes lentes ocultaba una inquieta mirada que irradiaba miedo, ¡físico miedo!. Sin embargo, no era para menos, desde que empezó el trabajo para recuperar el cuadro sufrió varios atentados. Mientras jugaba con sus manos como amasando una pelota invisible, me habló de dos impactos de bala que recibió en el pecho y que gracias al chaleco antibalas que se acostumbró a usar pudo darse por bien servido: dos costillas rotas, ¡pero vivo!, recalcó. A diario recibía mensajes amenazantes de desconocidos en su celular, lo que le alteraba los nervios y trataba de aplacar con el malsano vicio de fumar.  

La historia que estaba a punto de relatar era digna de una serie de Netflix. Esa tarde, saqué mi teléfono móvil, busqué la fotografía que me había compartido el abogado Pisciotti y la puse sobre la mesa. Pude percibir el estremecimiento del cuerpo del curador al ver la imagen del cuadro. Instintivamente cerró sus piernas y entre ellas recogió sus manos inclinando su cabeza hacia delante como un niño regañado. 

—¿Qué más desea saber?—dijo—la historia es muy larga.

—Usted me dijo que la obra es un Picasso auténtico…

—¡Totalmente!—me salió al paso—de eso no hay discusión, hay toda una tradición que lo avala.

—Pero, usted entenderá, los expertos que he consultado tienen sus reservas…

— Ja ja ja—la explosiva carcajada retumbó en el lugar—Hay muchos expertos en Picasso, pero expertos a medias. (Carraspeó) Mire, la mayoría de estudiosos del arte se fijan en la época cubista del pintor, pero estamos hablando de un hombre cuya producción artística es incalculable. Como le comenté en nuestro primer contacto, Picasso le regaló El Hombre Sentado a uno de sus hijos, quien entregó la obra a un diplomático venezolano en parte de pago de una cuantiosa deuda. Mi socio, un industrial colombiano, compró la obra y en ese momento inició mi trabajo para probar su autenticidad. Pude constatar que la pintura tuvo múltiples avalúos. Por ejemplo, para 1980 la valoran por 600 mil dólares. En 2008 por 48 millones, en 2013 por 95 millones, en 2020 por 140 millones y en 2024 por 190-210 millones de dólares. 

El señor venezolano Pérez Dupuy mandó examinar el cuadro en la Casa de subastas Christie's de Madrid, a través de la Galería Gamarra. Producto de esta primera curaduría, el lienzo tiene en la parte trasera un código que lo certifica como un Picasso original. Yo, personalmente, viajé a Madrid y estuve en Christie's, pero conté con tan mala fortuna que la certificación no estaba digitalizada y pasé varias tardes enteras buscando el documento en unos archivos carcomidos por la humedad y el moho, jamás lo pude hallar. También, fueron infructuosos los intentos de contactar con Pérez Dupuy, quien era muy mayor y ya había muerto. Posteriormente, hice contactos con Claude Ruiz-Picasso, quien debo decirlo se portó muy mal. Nos puso múltiples citas y hasta nos pidió dinero, pero jamás cumplió. Las sumas de dinero que solicitó eran por los servicios y su rúbrica en el cuadro, pero nunca cumplió su palabra. Entonces, decidí buscar la forma de hacerle pruebas forenses para determinar su antigüedad.

A medida que iba transcurriendo el tiempo, Marcel se relajó a tal grado que me sorprendió su sinceridad. Me contó que dormía muy poco y comía a deshoras. Su mayor distracción eran cuatro perros—que componían su única familia cercana— y trataba de moverse con máxima precaución, casi como una sombra, en los inusuales trayectos desde su casa que tenía a las afueras hasta Bogotá, cuando requería hacer diligencias. Dijo que cuando decidió hacer un peritaje estricto al autorretrato de Picasso, visitó los laboratorios de la Universidad Externado de Colombia, en donde se realizaron estudios minuciosos a la obra. Desechó la idea de hacerle pruebas de carbono 14 porque el método arroja un error de 100 a 120 años, lo cual no serviría de nada en este caso, porque el cuadro era más reciente. Entonces, la pintura fue sometida a la escrutación de un potente microscopio que reveló los componentes de los materiales con los cuales fue hecho.

Igualmente, buscó lugares especializados, en donde la Interpol hacía pruebas forenses de arte, para conseguir una segunda opinión. Con el paso de los días todos los informes revelaron porcentajes muy altos de autenticidad de la obra. De las pruebas caligráficas se encargó el maestro Joaquín Romero, reputado curador de arte colombiano, quien al constatar la pintura con el ojo “clínico” de su experiencia, y basado en los resultados de los estudios anteriores, arrojó una certera sentencia:“¡por donde se le mire es una obra auténtica de Picasso querido amigo! Enhorabuena, repetía mientras daba palmaditas en la espalda de Lombana. Si bien, habían sido infructuosos los intentos por concretar un encuentro con el hijo de Picasso—primer propietario de la obra—la ciencia y los veredictos de auténticos especialistas del arte, le dieron una inusitada tranquilidad. Digo inusitada porque el acucioso Marcel Lombana tenía la certeza de estar frente a un Picasso original, pero no imagino que lo peor estaba por venir.

Comimos galletas Oreo con un café negrísimo y amargo durante toda la tarde. Me contó que El Hombre Sentado, luego de los estudios para confirmar su autenticidad, regresó a Estados Unidos para ser puesto dentro de una bóveda en un museo de Nueva York, de donde salía, en contadas ocasiones, a exhibiciones privadas o para ser mostrado a posibles compradores. Como algo anecdótico, Marcel recordó una reunión con un jeque de los Emiratos Árabes que estaba interesado en comprar el autorretrato de Picasso. Insólitamente, una noche, en un pomposo restaurante de la capital del mundo, reunidos Marcel, inversionistas, socios y el jeque, cayó una tormenta bíblica y mientras se desocupaba el cielo, fuertes rayos hicieron temblar el recinto, lo que fue visto como un mal augurio por los árabes, quienes retiraron la oferta y se salieron despavoridos del lugar.

El curador Marcel Lombana se relamió las últimas galletas tipo sándwich que había sobre la mesa. Dijo que el café oscuro se había convertido en su bebida espirituosa, porque la cafeína en grandes dosis, ejercía en él el efecto contrario que a todos los mortales, es decir; no le insuflaba energía sino que lo calmaba. De un tajo consumió el último medio vaso de tinto que le quedaba, antes de confesarme algo, dejándome perplejo:   

—¿Usted sabía que Picasso era masón?—disparó suavemente. 

—¿Cómo?—dudé —nooo, no lo sabía
(Risas)

— La masonería ha tenido siempre fuertes vínculos con el arte. No fue casual el arraigo de Picasso con París y su obra llena de simbolismo. El Guernica, por ejemplo, no es simplemente una obra monumental, sino que en su composición hay principios masones. Lo mismo sucede con El Hombre Sentado, fíjese en la forma de la silla y las “v” invertidas de los descansa brazos. No lo puedo confirmar, pero Picasso además de gruñón era burlón y dejaba mensajes en sus obras para comunicarse con otros artistas como Henry Matisse, su gran rival artístico pero también amigo. 

—¿Me está diciendo que Picasso dejó en El Hombre Sentado un mensaje encriptado para Matisse?  

—Es muy probable… lo hizo en otras obras.

Este nuevo ingrediente hizo que me obsesionara aún más por la obra. Fue así como busqué contactarme con algún miembro de la Gran Logia de Colombia. Afortunadamente los masones hoy en día no viven en las sombras, y aunque si son reservados se muestran libres dentro de la política y la academia. Luego de un par de averiguaciones y llamadas, hice contacto con un hombre octogenario, profesor emérito de una prestigiosa universidad de Bogotá, que pidió reserva de su nombre, pero aceptó revisar la fotografía del cuadro y no guardarse nada de lo que pudiera encontrar. 

—Jum, que interesante… dos de las tres columnas—dijo, al fin, tras un largo tiempo observando la imagen desde varios ángulos, mientras se ponía y quitaba los anteojos, como si lo que veía sufriera cambios drásticos con o sin el lente. 

—Respetando el sigilo, lo que me pueda contar…

—Sabiduría y fuerza. Falta la columna de la belleza, pero puede estar representada por el mismo hombre sentado como la tercera columna. Es claro lo femenino, la pintura en conjunto representa el aparato reproductor de la mujer; ovarios y trompas de falopio. El retratado está inmerso en el útero. 

—¡Increíble!— balbucí. 

—Puede ser una representación del renacimiento— continuó mientras me miraba fijamente con los ojos como platos. 

—Lo que me lleva a preguntar si Picasso fue masón…

—Con toda esta simbología en una pintura podría asegurar que si lo fue…debió ser maestro masón, pero desconozco de qué grado, podría pertenecer a la masonería mixta, quizás.

Que un miembro de la masonería hiciera un análisis tan prolífico hizo que mi curiosidad se avivara como un fuego invisible que quemaba las entrañas. Recordé la recomendación del escritor español Javier Sierra, cuando pedí su opinión sobre la obra del genio malagueño: “¡Los símbolos!, presta atención a los símbolos…” El ejercicio lo ejecuté una noche de agosto de 2025, abstraído de cualquier distracción y con la imagen de El Hombre Sentado  proyectada en el monitor de mi computadora. ¿El resultado?, más que sorprendente, pero los lectores podrán sacar sus propias conclusiones.

 

Cuadro El Hombre Sentado y los diarios del día en España (2024)
Cuadro El Hombre Sentado y los diarios del día en España (2024)
Marcel Lombana

¿Más café?, la pregunta del curador Marcel Lombana me sacó de mis pensamientos. Acepté pese a que la bebida era muy amarga y oscura para mi gusto. 

—¿En qué íbamos?—prosiguió Lombana. 

—En los vínculos masones de la obra y Picasso—aguardé—y que la obra terminó en un museo de Estados Unidos después de los análisis.

—Es verdad. Es aquí que comienza otra historia

—¿Qué historia?

—¡Pues la del robo!

El robo

Para el año 2024, el cuadro tuvo unos meses tranquilos dentro de las oscuras bóvedas de un museo de Nueva York. Marcel Lombana y su socio, el industrial colombiano, habían podido verificar la autenticidad de la obra, pese a las dificultades que se presentaron por varios años. Sin embargo, esta tranquilidad fue como la calma chicha que antecede a una tormenta furiosa que amenaza con hundir el barco.

En aquellos días, Marcel conoce, a través de un amigo, a Lui Aiwa Lili, una ciudadana china que hablaba perfecto español y aseguraba ser conocedora de arte y trabajar para el GP Morgan. Lui Aiwa se presentó como una mujer encantadora que de entrada despertó interés en él. La asiática no se andaba con rodeos y muy pronto mostró sus credenciales: hija de un ex embajador de China en Colombia, y como se movía como pez en el agua en el difícil mundo del arte, se ofreció a presentar clientes para las obras que coleccionaba Lombana. Si bien, la mujer era de apariencia desaliñada, muy delgada y de tez pálida, compensaba lo que podía ser una debilidad con un verbo envolvente y una personalidad arrolladora. Hablaba de muchos temas con propiedad y tenía una extraña obsesión por mostrar a las personas sus fotografías con personalidades a nivel mundial.

El experto en arte, Marcel Lombana, se irrita con el recuerdo fresco de la asiática Lui Aiwa Lili. Lo ocurrido en los últimos meses era demasiado para él. No podía recordar haberse dejado engañar alguna vez de esta manera, ni siquiera de joven cuando negociaba con cualquier cosa para costearse la universidad. Antes de seguir nuestra conversación, hundió el  rostro entre sus manos y mientras negaba con su cabeza, resollando de rabia, emitía una y otra vez la misma palabra:

—¡Mitómana! ¡Mitómana! ¡Mitómana!

—¿La mujer lo sedujo?

—Sí, todo fue muy rápido

—¿Qué sucedió?

—No lo niego. Soy un hombre muy solitario y ella fue muy especial. Se mostró como una mujer de mundo que hablaba varios idiomas. Me impresionó la forma como abordaba los temas y parecía tener amigos y contactos en todas partes. Me contó que había prestado servicio militar en EE.UU. y gracias a ello recibió la ciudadanía  americana. Vino a Colombia unas cuatro veces y me llevaba a comidas con gente muy importante. Un día apareció por sorpresa en mi casa y me entregó una caja de regalo…

—¿Qué contenía la caja?

—Un Rolex, ¡de 25.000 dólares!, y un teléfono celular. A veces creía estar soñando y me dejé llevar por el idílico momento. 

—¿En qué momento reaccionó y se dio cuenta de que algo andaba mal?

La pregunta quedó en el aire. Comprendí que el hombre luchaba consigo mismo por saber si podía confiarme su historia completa o no. De repente cogió el vaso lleno de café, lo bebió de un solo trago y lo puso sobre la mesa diciendo:

—Se interesó tanto por mi colección de pinturas que insistió en conocerla. Fuimos a Nueva York y se las enseñé todas. Percibí que El Hombre Sentado de Picasso le generó cierta excitación. Me pidió que le permitiera exponer mis cuadros y de ser posible comercializarlos. Yo accedí…

—Pero —interrumpí—¿cómo descubrió sus verdaderas intenciones?

—No lo entendería—comentó al fin—, la china empezó a comportarse diferente. Si bien seguía siendo muy especial se tornó misteriosa y con un sospechoso afán por agilizar las cosas. Por ejemplo; me pidió tener acceso a las obras para enmarcarlas y así poder mostrarlas a posibles clientes. Yo estúpido accedí. Además, ¿recuerda el Rolex y el teléfono celular?
Asentí. 

—Pues imagínese que ese mismo detalle se lo dio a varios inversionistas en arte que eran amigos míos. Yo me enteré por boca de ellos mismos. Cuando yo le pregunté, la mujer entró en cólera y se volvió grosera e irritable. Extrañamente empecé a darme cuenta de que mis contraseñas de correos y redes sociales habían sido cambiadas y que Lui Aiwa conocía información de mi vida que yo nunca había divulgado. La respuesta a todo esto estaba en el teléfono que me había regalado. El dispositivo estaba interceptado y así me espiaba. 

—¿Cómo se produjo el robo?

—Fue de lo más inocente. Ella sacó las obras, porque fueron varias, pero la más valiosa era el Picasso, con la excusa de prepararlas para una  exhibición privada. De inmediato cada una de las pinturas tomó un rumbo distinto. El Hombre Sentado fue entregado a un tercero con toda la documentación de tradición de la obra, y falsificaron otros tantos para sacarla hasta Panamá. Finalmente el cuadro ingresa a Colombia y es cuando lo rescatamos. El día que me enteré del robo sufrí un derrame cerebral y mi vida se sumió en un auténtico infierno. Aún padezco de ataques nerviosos. Hoy recibo amenazas anónimas a mi celular todos los días.  

—Maestro, ¿cree usted en Dios?
(Risas)

—Aunque usted no me crea no, soy ateo.

El Hombre Sentado del malagueño Pablo Ruiz Picasso aguarda, hoy, en una bóveda de seguridad del Museo Nacional de Colombia, a la espera de que sea devuelto a sus verdaderos dueños. Gracias a la intermediación del curador Marcel Lombana, pude contactarme con un agente del FBI que participó en el operativo de rescate y conocer más detalles de esta escabrosa historia, pero no menos apasionante. Lui Aiwa Lili, la asiática que fue pieza clave en el entramado para consumar el robo, resultó ser una estafadora profesional dentro de un engranaje complejo de una red criminal traficante de arte. Se supo que sufría de depresión y estaba medicada, con el aditamento de ser una mitómana compulsiva. Luego del operativo de rescate en Bogotá, y la detención de varios miembros de la organización criminal, Lui Aiwa Lili apareció muerta en extrañas circunstancias, los investigadores determinaron que se trató de un suicidio.

La vida del joven abogado Luis Fernando Pisciotti y del experto en arte, Marcel Lombana, transcurre en medio de la incertidumbre por un proceso judicial que está abierto, a la espera de que la Fiscalía colombiana restituya la obra. Temen por su vida, visten chalecos antibalas, lo han hecho por tanto tiempo que ya olvidan que lo llevan puesto. Como periodista y amante del arte les hice una última petición: “¡Cuando la obra sea devuelta quiero verla antes de que sea sacada del país!”. Tanto Lombana como Pisciotti asintieron mientras reían a carcajadas.

Los códigos de El hombre sentado

Apreciar una obra de arte no es tan sencillo como parece. Si bien el mundo del color y las formas llevan a los espectadores hacia viajes maravillosos pero subjetivos, es necesaria una “segunda mirada” para lograr desenmascarar las claves ocultas que esconde una obra maestra. Ya no es un secreto que las grandes pinturas, no todas, son producto de un proceso de catarsis interior que con cada pincelada va disfrazando una cantidad de símbolos y códigos que guardan mensajes para unos pocos. El francés Denis Diderot, prolífico crítico de arte, veía en la pintura un arte que apelaba tanto a la razón como a la emoción para buscar la “verdad”. Un principio es que las obras que guardan secretos sobrecogen y emocionan.

Tras varios meses buscando conocer la increíble historia de El Hombre Sentado decidí tener mi momento de tú a tú con el hombre del autorretrato. Siguiendo la máxima del gran Pitágoras: “el comienzo de la sabiduría es el silencio”, busqué un momento idóneo para apreciar la obra, lógicamente fue en la noche. Imaginé cómo sería tener la pintura real frente a mi, pero como no era posible tuve que conformarme con una impresión de alta calidad y a color de la fotografía que me compartió el abogado Pisciotti.

Habría que decir que Picasso pintó una gran cantidad de autorretratos a lo largo de su vida y cada uno se diferencia del otro dependiendo de la madurez del genio malagueño. Curiosamente a mayor edad, los autorretratos son menos detallados, y si se quiere más simples, pero eso sí, cargados de mucho simbolismo. Su último autorretrato conocido—algo premonitorio— se llamó Autorretrato frente a la muerte y lo pintó meses antes de su fallecimiento con 91 años. Mi primer hallazgo fue sorpresivo. Navegando por la internet encontré un artículo titulado La evolución de Picasso en sus autorretratos, de un blog del investigador y escritor español, Manuel J. Prieto. En el escrito se presenta una secuencia de obras, que muestra autorretratos de Picasso desde que era un niño. Quedé de piedra cuando ví un autorretrato fechado de 1965, muy parecido—casi idéntico— al cuadro robado y recuperado en Colombia y que suscitó este trabajo. Tanto el estilo y los patrones de las dos obras eran idénticos, además, coincidía la época en que fueron pintados. En mi mente resonó con fuerza las palabras del curador Marcel Lombana quien me confesó que existían obras similares a El Hombre Sentado recuperado en Bogotá.  

Detenidos tras el operativo de rescate de El Hombre Sentado (2024)
Luis Fernando Pisciotti

El nombre de la nueva obra era "Hombre Sentado (Autorretrato)", óleo sobre lienzo y de dimensiones más grandes que nuestro hombre sentado: 99,5 x 80,5 centímetros. De inmediato, busqué contactarme con el historiador del arte Manuel J. Prieto para conocer más detalles del autorretrato que reseñaba en su Blog Curistoria. Me sorprendió gratamente la amabilidad y rapidez del investigador, para contestar mis inquietudes a vuelta de correo. En un texto largo y nutrido explicaba que el cuadro “ejemplificaba el movimiento del Arte Naif, categorizado específicamente dentro del Primitivismo”. El primitivismo, continuó, fue “una corriente que admiraba las formas y técnicas simples y no desarrolladas para buscar una autenticidad perdida y más pura… e influyó en artistas como Picasso y en movimientos como el cubismo”. ¡Qué maravilla!, esta era la respuesta al porqué los puristas y expertos en Picasso veían con malos ojos la figura de El Hombre Sentado recuperada en Bogotá, puesto que obras como ésta son muy escasas en un catálogo tan abultado como el de Picasso. El experto Manuel J. Prieto finalizó su correo electrónico asegurando que el cuadro se encontraba actualmente en la Galería Louise Leiris de París.

Al ingresar al sitio web de la galería, encontré toda la información detallada de la obra, destacando la simplicidad de Picasso en la pintura: “Se puede observar una crudeza deliberada y una simplicidad casi infantil en la pincelada (…) Este autorretrato refleja a la perfección la continua exploración de la identidad de Picasso y su adopción de las vías de expresión creativa menos refinadas y más instintivas, a medida que envejecía y reflexionaba sobre su propia vida y mortalidad”.

Luego de la grata sorpresa de haber encontrado una pintura gemela de El Hombre Sentado, reanudé mi ejercicio de análisis con la fotografía que disponía de la obra. A diferencia de la pintura gemela descubierta en París, el hombre barbudo que reposaba sobre una silla en la pintura que fue combustible para esta investigación, sobresalía sobre un fondo rebosante de color. La figura masculina sentada, autorrepresentación del propio Picasso, evidencia formas geométricas simplificadas. El hombre está retratado frontalmente, de tal manera que se puede sentir su mirada severa sobre el espectador. En conjunto el cuadro no tiene profundidad, pero algo picó mi curiosidad: la dualidad es evidente. El rostro de la figura presenta los ojos dislocados y el izquierdo más pequeño, como si estuviera guiñando. Carece de la oreja izquierda, mientras que el cuerpo luce una camisa a rayas con intensos tonos amarillos, rojos, verdes, azules y negros. El sillón tiene dos descansabrazos. Los brazos y las manos son un auténtico enigma por su color naranja y sus cuatro dedos, parecen patas anisodáctilas de una ave. Pero no pude evitar observar detenidamente la mano izquierda del retratado: ¿hace con sus dedos unos cuernos?, evidentemente si, sentí escalofrío. ¿Qué quería transmitir Picasso con ese gesto? La mano “cornuta” es un gesto con los dedos índice y meñique extendidos que mezcla diversas tradiciones italianas e hindúes. Si bien el gesto se ha popularizado en los cantantes de rock y heavy metal como señal del disfrute por la música, los romanos lo usaban para ahuyentar el mal de ojo y las malas vibras.

Imagen óleo El Hombre Sentado de Picasso (Fecha desconocida)
Imagen óleo El Hombre Sentado de Picasso (Fecha desconocida)
Marcel Lombana

Eran las diez de la noche, cuando un relámpago iluminó mi habitación, el cielo se desocupaba a cántaros. Pese al vendaval que caía en el exterior y azotaba la ventana, mi atención seguía enfocada en la pintura. En ese instante lo vi. El simbolismo estaba por todas partes y un respingo en el cuerpo me alertó: en los descansabrazos de la silla donde reposaba el hombre había unas especies de “V”, similares al gesto que éste hacía con los dedos de su mano izquierda, ¿cuernos? Pero las sorpresas no paraban. Con el juego del color, el fondo horizontalmente estaba dividido en dos partes y la dualidad también estaba presente en el cuerpo del retratado, por ejemplo; el lado izquierdo de su cabeza carecía de oreja del mismo lado del ojo que guiñaba, por el contrario, en la parte derecha era visible su oído. Pero, a su lado derecho en el fondo de la pintura, con colores verdes y azules habían pintados unas especies de números tres que si agudizamos la mirada se logra identificar ¡una oreja humana! ¡Increíble! El equilibrio de la obra es total, hay una armonía. Ahora bien, al final del descansabrazos, justo en donde se posan las manos son visibles dos ojos—uno a cada lado— con tres pestañas cada uno. Sin palabras.

Al alba me detuve frente a la obra exhausto, respiré profundo… sencillamente la pintura me superaba. ¿Qué quería Picasso decir con todos estos códigos en su autorretrato? La respuesta sigue siendo un misterio para el mundo del arte. Durante un año, viví por y para la pintura de Pablo Ruiz Picasso. Fueron decenas de llamadas, correos electrónicos, visitas… creo haber sido víctima del síndrome de Stendhal sin ni siquiera tener el cuadro frente a mí, ¡tal es su poder! Espero que este trabajo sensibilice a los lectores sobre la preservación de nuestros bienes culturales y animarlos para acercarse más al arte, contemplarlo y ¿por qué no?: descifrar sus secretos.

La mañana del lunes 25 de agosto sonó mi teléfono. Era un número desconocido.

— Sí…—respondí angustiado.

Era el abogado Luis Fernando Pisciotti:

— ¡Diego!, casi olvidó decírtelo: el próximo 4 de septiembre está programada la audiencia de devolución del cuadro. Pese a que ha fracasado en seis oportunidades, tengo esperanza de que esta sea la definitiva. Si procede, te espero para que tengas el tan anhelado encuentro con el misterioso hombre sentado.   

Operativo de rescate del cuadro de Picasso