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Jesús Santrich y la carta a Iván Cepeda y Álvaro Leyva
11 Mayo 2018 01:23 AM

Jesús Santrich y su carta de respuesta a Iván Cepeda y Álvaro Leyva

El integrante de la colectividad de las Farc salió del hospital El Tunal a una casa del Episcopado colombiano.

El líder de la Farc Jesús Santrich, detenido en Bogotá y pedido en extradición por la justicia de Estados Unidos por narcotráfico, fue trasladado el jueves desde el hospital El Tunal a una casa del Episcopado colombiano por "razones humanitarias", informó la ONG Fundación Lazos de Dignidad.

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La carta de Jesús Santrich a Iván Cepeda y Álvaro Leyva
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La carta de Jesús Santrich a Iván Cepeda y Álvaro Leyva

"Informamos a la opinión pública y organizaciones solidarias que Jesús Santrich fue trasladado a la sede ofrecida por la Conferencia Episcopal por razones humanitarias, pero aún se encuentra en huelga de hambre", detalló la organización en un tuit que fue replicado por el partido político Farc.

Santrich comenzó la huelga de hambre el pasado 9 de abril, el mismo día de su detención, como protesta al considerar que su detención es ilegal y que hace parte de un "montaje" en su contra.

Consulte aquí: La carta de Iván Cepeda y Álvaro Leyva a Jesús Santrich

Al respecto, la cuenta #SantrichLibre, asociada a la Farc, manifestó que por su "compleja situación de salud", el líder de la exguerrilla "recibió transferencia alimentaria", aunque recalcó que "su huelga de hambre continúa".

Santrich, seudónimo de Seuxis Hernández Solarte, fue capturado por la Fiscalía con base en una circular roja de Interpol a petición de Estados Unidos, cuya justicia lo acusa de tener un acuerdo para exportar diez toneladas de cocaína a ese país después de que las Farc firmaron el acuerdo de paz, el 24 de noviembre de 2016.

El pasado 26 de abril el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) informó que Santrich fue trasladado de la cárcel al hospital El Tunal, en donde le pretendían hacer "un control preventivo".

Consulte aquí: Jesús Santrich suspendió su huelga de hambre

Las comisiones de paz del Senado y la Cámara de Representantes de Colombia aprobaron una proposición en la que piden al presidente Juan Manuel Santos adoptar medidas para garantizar la salud de Santrich.

La carta completa de Santrich

Bogotá D.C., 09 mayo de 2018

Doctores:

ÁLVARO LEYVA DURÁN

IVÁN CEPEDA CASTRO

E. S. D.

Estimados compatriotas, les envío mi saludo lleno de aprecio y esperanza en la paz de Colombia.

He recibido y me han leído sin prisa la carta que me envían con fecha de 7 de mayo, la cual agradezco por su deferencia y alta carga de preocupación por los destinos de nuestro sufrido país. Debo decir que ustedes me dejan casi sin palabras frente a tanto argumento que reclama seguir adelante, pese a todas las adversidades, en la defensa del Acuerdo de La Habana y en la búsqueda de la reconciliación.

Debo decirles que aún en mi situación actual, sigo creyendo en la inmensa capacidad que tenemos de transformar el mundo de manera positiva inspirados en el principio de la esperanza. Creo totalmente en que podemos confiar en la condición humana poniendo a un lado esa idea de que el hombre es lobo del propio hombre, y que así muchas veces sintamos como Bolívar que hemos arado en el mar y predicado en el desierto, no podemos dejar de soñar en que es posible construir nuevos estadios de organización social en libertad.

Ahora recordaba un artículo de prensa que escribí sobre un concierto en homenaje a la paz de Colombia que brindara en La Habana el maestro Frank Fernández, y que por sus descripciones musicales en la redacción fue del gusto del Dr. Leyva. Crónica de una noche inolvidable se titulaba. Pensé entonces que, como lo hacía el gran pianista de Mayarí, debíamos romper ciertos esquemas y poner a volar la imaginación. En el mismo sentido, tenemos que trazarnos nosotros el papel de transformar con mucho realismo, en favor de las mayorías el especio que nos circunda.

Frente las actuales circunstancias, lo cierto es que no sé si debamos seguir siendo los apóstoles de una fe ciega en el dogma de una paz que del otro lado solamente expresa promesas incumplidas, por una parte, y amenazas de destrozar lo que se había pactado, que, dicho sea de paso, ya no queda nada.

Como en las épocas del romanticismo, pienso que me corresponde tener más confianza en el iluminismo, apegarme a la razón más que al deseo propio de la fe, sobre todo cuando el principio legal de “la buena fe” ha sido apuñaleado. Y digo esto sin dejar de creer en la posibilidad cierta de la vida en armonía, en la posibilidad de un estadio social en el que, por decirlo menos, y la humanidad de este rincón del mundo pueda ejercer y potenciar sus posibilidades de existencia creadora, con conocimiento, en felicidad y concordia, que es lo que entiendo por libertad.

Quiero decir, entonces, que así no queramos, se nos impone el deber de sacudirnos del poder del Estado cuando este actúa con perfidia e indolencia; se nos impone el deber de seguir dando vuelo a la creatividad liberadora. Podríamos decir que deberemos hacer la sonata de la vida rompiendo el ciclo tradicional de los 4 movimientos de ensamble arbitrario en el que la forma sonata importaba más que el rondó o el minutero…, ¿Romperemos esta arquitectura? ¿La unificaremos? ¿La llenaremos de más sensibilidad y humanidad?

No quiero otra cosa, con esta evocación que llevarlos sin tanta política desgastante, hasta las cumbres de la novena sinfonía en RE menor; opus 125 y La Misa Solemnis en RE mayor; Opus 129. Sobre todo, al movimiento final, a la gracia de sus solistas y coros excepcionales que cantan la Oda de la Alegría del eminente poeta y soñador romántico Friedrich Schiller; oda que en realidad manifiesta el sentido básico de la existencia: Vivir todos como hermanos.

Que simple parece, pero qué difícil ha sido; que intrincado parece que los integrantes del Bloque del Poder Dominante entiendan que no pedimos más que la libertad en el sentido humilde y sencillo en que ya lo expresé: el ejercicio pleno de la vida en concordia, felicidad y conocimiento, conjugando en cada momento el verbo amar.

Pero del dicho al hecho hay mucho trecho…; y aquí estamos con Acuerdo de Paz, luchando hasta su firma con esfuerzo, pasión y convencimiento, el cual ha sido poco a poco destrozado, incluso por parte del gobierno que lo firmó. O sino miremos como ejemplo el Proyecto de Ley de Tierras radicado en consulta previa que de fondo contraviene lo pactado.

Aparte, cada punto del Acuerdo ha sido, no implementado, sino “renegociado” con la demolición del Pacta Sunt Servanda. Y más allá de las contradicciones y choques entre los grupos y partidos de derecha, se levantan casi al unísono las construcciones hegemónicas que se han creado y se siguen creando, reproduciendo las viejas valoraciones de beneficio total al orden previo a los Acuerdos.

Su simbología de poder y su institucionalidad tal cual, se siguen justificando invariables. Valga poner para mostrar que ni siquiera en el lenguaje se varía, el discurso reciente del Presidente en su ultima salida al exterior, cuando caracterizó el pacto de La Habana como un “Acuerdo Barato” (claro, si como el Estado no quisiera comprometer en la implementación más de 0,8% del PIB). Y también podemos mostrar el caso flamante del Alto Comisionado de Paz interviniendo en la Cámara de Representantes con el mismo tono que cuando era Ministro de Defensa; hablando todavía de un Acuerdo con el que “se logró someter a los Criminales de las FARC”.

Que falta de grandeza y de autocritica respecto a la responsabilidad que le corresponde al Estado en la tragedia que significó y significa esta guerra de más de medio siglo. Y por la misma vía siguen los constructos normativos y mediáticos en los que los malos no son también los insurgentes, sino únicamente ellos.

Esas matrices que hacen otear muy lejano el puerto de la paz, de manera muy fuerte y efectiva están en los medios monopólicos de comunicación masiva propiedad de los que mucha leña le han tirado a la hoguera de la guerra, mientras no le han brindado ni una misa a las víctimas, ni anhelo de paz.

Estos son, así nieguen, los más portentosos contingentes artilleros en el campo de la guerra ideológica que no cesa. Sus batallones, brigadas y divisiones mercenarias tienen el cargo de construir y sostener a cualquier costo el consenso de masas en favor del sistema, casi en el plano de una visión que implantan como parte del sentido común, y que es como decir el engranaje a profundidad de los valores de esa “cultura” venal y mafiosa que de una y otra manera admite la corrupción y la impunidad.

Ese es el “consenso” que nos han fabricado e impuesto; el “consenso de democracia gobernable” que llaman. Y con ello quieren seguir domesticando una grey para el odio, impedida mentalmente para la tolerancia y los cambios que requiere la paz. Pero esto no quiere decir que me sienta estar frente a una derrota aplastante. No.

Hay necesidad de seguir incrementando, así sean insultados y calumniados, a esa hegemonía que no puede ceder en principios y valores sin dejarnos cooptar, ni anonadar, enfrentando espejismos y trucos ideológicos; sin auto amordazarnos por el chantaje que existe y se incrementa en la persecución judicial e institucional de cualquier tipo, en general.

Ese también es asunto de un proyecto político verdaderamente alternativo que es lo que estamos llamados a defender aún a costa de nuestras vidas. Quiero en este recorrido de mi nota decir que comparto plenamente los fundamentos y propósitos de la misiva que me permitieron dar fe de vuestra vocación de paz y de todos los ingentes esfuerzos que, por su materialización, de manera permanente han hecho especialmente personas como ustedes, la doctora Piedad Córdoba, el doctor Alirio Uribe, y los compañeros Jaime Caicedo y Carlos Lozano.

Agradezco su preocupación por mi salud, que ahora sería lo de menos, como su reconocimiento en lo que respecta a la construcción del acuerdo; a lo que tuve que ver con ello. Se que el Proceso está en crisis y que ahora más que nunca hay que convocar soluciones, ante todo las que ustedes reconocen como soluciones de justicia social que están por encima de cualquier condición.

Asumí el Acuerdo con todos sus déficits, contando con que haríamos el gran compromiso nacional de reconciliación para avanzar hacía los cambios estructurales que jamás quiso tocar el gobierno “imagino que por aquello del Acuerdo Barato”. Pero cualquiera que sea el rumbo que tengamos no soy negociante de réditos personales, menos alrededor de sucios asuntos que ahora y desde antes he rechazado y condenado. No he sido, ni soy, ni seré mafioso. Mi vida en eso es transparente, más allá de las películas que quieran montar valiéndose de patrañas, sobre todo contando con la felonía de funcionarios corruptos que saben claramente que más del 80% de los movimientos financieros de este país están tocados por dineros provenientes de la ilegalidad y al respecto no mueven un dedo.

No hablo de mi posición sobre la política antidrogas porque es de conocimiento publico y en gran medida está consignado en los Acuerdos de La Habana y que está ligada a la necesidad urgente de la Reforma Rural Integral.

Nuevamente agradezco sus buenos oficios como la labor encomiable por la paz de Colombia de los mediadores, componedores, garantes y acompañantes nacionales e internacionales actuantes en cada asunto grande o pequeño, especialmente a Jean Arnault, Eamon Gilmore, José Luis Ponce, Anne Heidi Kvalsoren y Mariela Kohon entre otros voceros y voceras que no desmayan en su compromiso con nuestro país.

De mi parte, creo que he hecho todo lo que he podido por este acuerdo y su implementación, hasta donde lo han permitido las circunstancias, y lo he hecho con mucho amor.

Quiero que sepan esto, como deseo que sepan que amo la vida, sirviendo a los demás, sintiendo la felicidad de quienes logran satisfacer sus necesidades básicas. Amo la vida con todo y sus sufrimientos y sin sabores; sintiendo el dolor del otro y su abandono.

Creo que conscientemente he andado lo poco que conozco del mundo, caminando cuando he logrado mi mayor racionalidad hacia el horizonte de la utopía de la Colombia mejor para todas y todos. Por eso, con todo y ello creo que Stephan Hawking y el Papa Francisco pensarían que de nada vale la vida sino dejamos así sea una pequeña huella de dignidad que perdure.

En consecuencia, ir a lo que para mi es una batalla definitiva por el decoro, no es darse por vencido, jamás.

Como me dijera un amigo entrañable en estos días que son mis días de ganas de vivir y de vida más intensos en cuanto a mis sentimientos más profundos, tengo la certeza de que me voy con todas mis luces encendidas.

En fin, que nadie perciba que parto con la luz crepuscular de la derrota.

Con enorme aprecio,

Jesús Santrich