Jerusalén, el teatro político de Trump

El discurso de Trump sobre Jerusalén: mucha retórica y poco cambio en la política.
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Palestinos protestando en las calles de Jerusalén / AFP

“Jerusalén seguirá siendo la capital de Israel y debe permanecer indivisible”, dijo el candidato presidencial Barack Obama en 2008. Si el presidente, Donald Trump, o cualquier otro presidente estadounidense, dijera lo que Obama le aseguró al Comité Americano Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC por sus siglas en inglés) durante su campaña electoral, dicha declaración habría generado un hito en la historia.

Pero el discurso de Trump, en el que “reconoció” a Jerusalén como la capital de Israel, fue más un teatro político que una política real. Trump nunca pronunció la palabra “unido” para describir a Jerusalén como la capital. Trump dijo: “No estamos tomando posición en ningún estatus final, incluyendo los límites específicos de la soberanía israelí en Jerusalén”, lo que significa que las fronteras de la Jerusalén israelí aún están en negociaciones con los palestinos.

En otras palabras, la Jerusalén que Trump reconoció como la capital de Israel no era la que muchos israelíes tenían en mente: indivisa y bajo completa soberanía de Israel. La Jerusalén que Trump reconoció es más una "Jerusalén virtual", una que todas las partes (incluyendo a muchos árabes y palestinos) entienden que permanecerá bajo la soberanía israelí en cualquier resolución final. Su nombre, incluso si no está pronunciado, es Jerusalén occidental.

El “proceso de paz” que inició a principios de la década de los noventa, se basó en la premisa de que cualquier acuerdo futuro restablecería las fronteras que la ONU dictaminó en 1948, aunque con algunos cambios negociados. Entre 1948 y 1967, Jerusalén Oeste ha estado bajo soberanía israelí. Previo a esto, Jerusalén Este estaba bajo soberanía árabe jordana. Se entiende implícitamente que, en un acuerdo de paz final, la capital israelí se mudará de Tel Aviv a Jerusalén Oeste, mientras que la capital palestina se mudará de Ramala a Jerusalén Este.

Por razones de teatro político, los líderes de ambos lados raramente usan el prefijo Este u Oeste. Tanto los líderes palestinos como los israelíes a menudo prometen a sus electores que Jerusalén será la capital de sus respectivos estados en cualquier acuerdo de paz futuro. Por lo tanto, los prefijos este y oeste están implícitos.

Trump se convirtió en el último líder en anunciar una política sobre Jerusalén sin mencionar si se refería al oeste o al este y sin especificar las fronteras de la ciudad. Tales especificaciones seguirían siendo prerrogativa de las dos partes contendientes: los palestinos y los israelíes. Esto significa que, incluso después de su discurso exagerado, la política de Estados Unidos sobre Jerusalén y el proceso de paz se mantuvo sin cambios, un hecho que el presidente de los Estados Unidos se aseguró de enfatizar.

La reubicación de la embajada de Estados Unidos no debe interpretarse como un cambio en la política. Si Trump hubiera tenido la intención de cambiar la posición de Estados Unidos en Jerusalén, simplemente pudo haber reemplazado el letrero del Consulado de Estados Unidos en Jerusalén Este para que se leyera “Embajada de Estados Unidos en Israel”. Eso habría sido noticia, en lugar de que el presidente estadounidense prometiera contratar “ingenieros y arquitectos” para reubicar la embajada y cambiar la historia.

Entonces, ¿qué motivó el teatro político de Trump? La respuesta podría encontrarse en la proclamación del “Reconocimiento de Jerusalén”, distribuida por la Casa Blanca, en la que dice: “Al tomar esta medida, el presidente Trump cumplió una gran promesa de campaña que habían hecho él y sus predecesores”.

El cumplimiento de “una gran promesa de campaña” fue el tema que dominó los titulares de la mayoría de los sitios de noticias conservadores y de derecha de Estados Unidos. La promesa de la campaña de Trump sobre Jerusalén nunca fue tan clara como la de Obama. Trump nunca dijo que reconocería una Jerusalén “indivisible” como la capital de Israel. Él solo dijo “Jerusalén”. Su proclamación fue tan vaga como su promesa, dando la impresión de que estaba “haciendo historia” a favor de Israel, cuando, de hecho, dejaba intacta la política estadounidense sobre el conflicto árabe-israelí.

El teatro político del presidente Trump que tenía como objetivo ganar buenos comentarios por parte de Israel y, por lo tanto, los votos y contribuciones monetarias de los judíos estadounidenses para su reelección en 2020, comenzó hace unos meses cuando se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar el Muro de las Lamentaciones.

Tanto su "proclamación" como su visita se proponían evidenciar que él era el presidente estadounidense que estaba dispuesto a ir a donde ninguno de sus predecesores se atrevió a ir.

Trump incluso dijo que el proceso de reubicación de la embajada de Estados Unidos tomaría años. En otras palabras, si los judíos estadounidenses quieren ver culminado el proceso de reubicación, deberán apoyar a Trump y ayudarlo a ganar la reelección.

Sin embargo, la política de Trump en Israel no ha sido todo teatro. La administración de Trump ha estado llevando a cabo una política en Medio Oriente que favorece a los israelíes sobre los palestinos en más formas que la posición tradicional de Estados Unidos.

De las muchas políticas que favorecen a los israelíes, el anuncio de Trump de reubicar la embajada de Estados Unidos es la que menos efectos adversos tiene sobre los palestinos.

Desde su elección, Trump ha designado a tres judíos ortodoxos en posiciones oficiales y les ha delegado la función de mediar un tratado de paz entre Israel y Palestina. Ellos son el embajador de Estados Unidos, Israel David Friedman, el enviado para la paz y yerno de Trump, Jared Kushner, y un colaborador cercano a Trump desde hace mucho tiempo, Jason Greenblatt. Tan creyentes son estos funcionarios, que, cuando el presidente Trump voló a Arabia Saudita un viernes, Kushner y Greenblatt tuvieron que pedirle un permiso especial a su rabino en Nueva Jersey para volar en un Sabbat.

Aunque no hay nada de malo con que las personas de cualquier religión lleven a cabo las prácticas en las que creen, la opinión del trío estadounidense podría estar basada en su educación religiosa, más que en su experiencia en asuntos internacionales o resolución de conflictos. La educación judía ortodoxa de los tres funcionarios, encargados de mediar un acuerdo de paz israelí con los palestinos, podría estar influenciado por su dogma, más que en una visión realista de las cosas.

Desde que Trump fue elegido, su política con respecto al conflicto israelí-palestino se ha centrado en llegar rápidamente a un acuerdo de paz, sin importar cuál sea el trato, el cual le permitiría tomar parte en las fotos que pasarían a la historia como el presidente estadounidense que supervisó un tratado de paz israelí-árabe, como los presidentes pasados Jimmy Carter y Bill Clinton.

Después de todo, Trump siempre se ha autoproclamado como el mejor negociador que existe. Él, por lo tanto, piensa que mediar un tratado árabe-israelí (algo que se le ha dificultado a todos sus predecesores), sería una muestra de sus habilidades incomparables para hacer negocios.

Pero la disputa entre palestinos e israelíes es muy grande como para solucionarse fácilmente. Es por eso que Greenblatt reactivó un tratado de paz que él estaba seguro, los israelíes aceptarían: un tratado de paz israelí con los países árabes, sin los palestinos.

Greenblatt llamó este nuevo enfoque como un “plan de afuera hacia adentro”, tras haberse opuesto al “plan de adentro hacia afuera” que proponía una paz árabe con Israel teniendo como prerrequisito la paz de Israel con Palestina.

El plan de afuera hacia adentro de Trump lastimaría a los palestinos. Al condicionar la paz árabe con la paz de Palestina e Israel, en primera medida, los israelíes mostrarían un interés por atender las peticiones palestinas para poder ganar un premio más grande, el cual sería la normalización de las relaciones con el resto del mundo árabe, incluyendo a Arabia Saudita, miembro del grupo de las 20 potencias económicas más grandes del mundo, el G20.

En vista de que Jerusalén tiene un valor sentimental tanto para judíos como para musulmanes, el discurso no político de Trump generó muchos debates y titulares alrededor de todo el mundo. Pero el hecho sigue siendo que el discurso de Trump en Jerusalén fue mucha retórica y poco cambio en la política. Sin embargo, el cambio real en la política de Estados Unidos se ha dado a puerta cerrada y en viajes no anunciados que realiza el “equipo de paz” de Trump a las capitales árabes.

* Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de la Agencia Anadolu.

* Daniela Mendoza contribuyó a la redacción de esta nota.

Hussain Abdul Hussain / Analista político basado en Washington. Ha escrito para The New York Times, The Washington Post y el diario kuwaití Al Rai, entre otros.

Con información de Hussain Abdul Hussain


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